En las viejas fotos del río de la ciudad, que por supuesto era otra, casi se oye el murmullo de sus abundantes y cristalinas aguas que se adivinan frías. Y sorprende la amplitud de sus riberas de cantos rodados de diversos tamaños, que dan cuenta de las grandes crecientes que dejaban la pequeña villa incomunicada con las haciendas del otro lado hasta que se levantó el largo puente cuyas cuatro anchas bóvedas de ladrillo quedaron ocultas en su última ampliación. Su primer recorte fue cuando se rellenó su orilla derecha para construir la larga avenida de la pequeña ciudad que quería ser la capital que ya era de repente, y se encausaron sus aguas con la nostalgia del Sena en su paso por París. Pero no con un muro de grandes sillares de piedra como allá si no de hormigón, material nuevo entre nosotros, y apenas con el sencillo pero digno enchape que aun se ve. Posteriormente se replicaron los muros al otro lado y se extendieron aguas arriba y abajo de la ...