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Aprendiendo de San Francisco. 13.07.2000



San Francisco conserva en perfecto estado los tranvías de cable, inventados por un ingeniero a finales del siglo XIX para que las mulas no sufrieran con las empinadas y muchas colinas de la ciudad, que no solo usan los turistas y los directores de cine sino todo el mundo. Después están los tranvías comunes sobre rieles, los trolley bus, los buses articulados, los buses comunes y el metro ligero, conectados unos con otros, complementándose, con pasajes comunes y conectados con los trenes de cercanías que comunican la ciudad con las demás ciudades y pueblos que rodean la poblada y extensa bahía. El metro ligero, de solamente dos o cuatro vagones, tiene pocas líneas y en la mayor parte de su recorrido va sobre rieles en medio de calles con carros y peatones y parando en los semáforos como cualquier bicicleta: solo es subterráneo y más rápido en el centro de la ciudad.
          Es decir, lo importante es que el transporte público se trabaje como un solo sistema y sobre todo bajo una sola autoridad, independientemente de si sus varias compañías son públicas o privadas y que operen con trenes o con buses...o busetas o camperos, como sería el caso de Cali. Aquí el tren ligero ni siquiera tendría que parar en los cruces pues desde ya el municipio se precipitó a construir los costosos puentes vehiculares que cruzaran sus vías. El problema, desde luego, es que la mayor parte de la actual demanda de transporte -de los barrios al centro- no coincide con el corredor férreo. Por esto están previstas una línea subterránea al centro y una de superficie a Aguablanca. Pero el punto crítico es que habrá que establecer rutas de buses, busetas y camperos que alimenten los trenes como parte integral del sistema y que este, como un tren de cercanías, se prolongue a Yumbo y Jamundí. Pero en Colombia, desde los aviones hasta el último campero, el transporte público no solamente es privado sino que hace lo que se le da la gana. En lugar de complementar al metro los buses competirán con el: por eso Enrique Peñalosa dice que no es viable el de Bogotá y por eso todos tenemos que subsidiar el de Medellín.
          Tal vez porque los incendios provocados por el gran terremoto de 1906 acabaron con media ciudad, en San Francisco aprendieron a no tumbar nada innecesariamente: a valorar, cultural y económicamente el patrimonio construido.
          Aquí se tumba todo sin ton ni son: la última demolición fue la de la Clínica Garcés, hecha a la carrera antes de que el inmueble pasara a ser considerado patrimonio de Cali. ¿O precisamente por eso? Hacia 1920 el Luis H. Garcés, Luis Alfredo González y las hermanas Tulia, María y Ascensión Borrero Mercado se asocian y fundan la clínica, primera de su género en la ciudad. En 1957 las Hermanas Borrero la ceden en calidad de renta vitalicia a las religiosas veladoras de San José de Gerona y estas compran al señor Max Zangen el lote contiguo para allí construir el cuerpo de fachada, que veíamos hasta hace poco, realizado por la firma de Borrero y Ospina. La clínica pasa a llamarse de los Remedios y en 1970 las religiosas ven­den al en ese entonces Instituto Colombiano de los Seguros Sociales que termina utilizándola solo como sede administrativa de una UPZ para finalmente demolerla a escondidas como cualquier particular ignorante y codicioso pese a ser el Instituto parte de ese mismo Estado con todo y su inútil y pomposo Ministerio de Cultura nada menos. Que falta de imaginación, además, pues hubieran podido conservar al manos su bonita fachada.
          En medio de la gran crisis económica de 1929 San Francisco acomete la construcción de los dos enormes puentes que unirán la ciudad con el resto del país hacia el norte y el oriente. El Golden Gate y el Bay Bridge son hasta hoy hitos de la ingeniería mundial. ¿Será mucho pedir que Cali acometa ya una gran obra publica? ¿O estamos esperando a que el terrorismo la destruya? Por supuesto el (mal) hundimiento de la Avenida Colombia no es esa obra pero eso es harina de otra columna.

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