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Cali, tiembla. 24.02.1999


En 1566 un terremoto  arruinó las casas de ta­pias y tejas, que se empeza­ban a construir, pero dejó en pie las de bahareque y palma, que conformaban casi la totalidad del villorrio que era Cali. En 1772 el arquitecto español Antonio García reconstruía otra vez, debido a los temblores, la igle­sia matriz de San Pedro. El terremoto de 1885 dañó su torre, posiblemente diseñada por Fray José Ignacio Ortíz, y desprendió la bóveda, por lo que hubo que cerrarla. Su cúpula fue reconstruida a fi­nales de la década de 1920 por los arquitectos e ingenieros Rafael Borrero y Francisco Ospina, pues había quedado resentida por el terremoto de 1925, que también destruyo la ermita de Nuestra Señora de la Soledad del Río. En Cali a temblado desde su fundación y en los últimos años hubo tres o cuatro temblores fuertes. Pero lo que es de temblar es lo que sucedería en este enorme asentamiento actual de más de dos millones de habitantes con un terremoto como el reciente de la zona cafetera.
          Hace años un famoso sismólogo norteamericano afirmo después de un gran terremoto que los que mataban eran los edificios y no los sismos. Se ha vuelto un lugar común y  se comprueba en cada nuevo evento. Por eso después del de Popayán y presionadas entre otros por las compañías de seguros, que muy sensatamente desean que los edificios no solamente no se caigan sino que en lo posible no se dañen, se elaboraron normas para construcciones sismo resistentes (hasta hoy no hay nada antisísmico) que, cosa novedosa en este país, tuvieron fuerza de ley. Recientemente fueron actualizadas (cada nuevo evento permite saber más) y desde 1998 constituyen una nueva ley. Sin embargo, promotores, arquitectos y constructores hacen lo posible para evadirla con la complicidad de propietarios y compradores ignorantes, por la sencilla pero suicida razón de que los edificios que la cumplen son más costosos. Además, el Estado es incapaz de controlar esta y otras normas en la construcción "informal" pese a que es la responsable de la mayor parte de las ciudades colombianas.
Pero hay otra explicación: en Colombia ignoramos la realidad y adoramos la fantasía; producimos escritores y artistas pero no técnicos o científicos. Desdeñamos la crítica, la que con frecuencia reemplazamos por la simple opinión, el agüero o la fe. Por eso no reconocemos los arquitectos y constructores mejor preparados y dejamos nuestros edificios y ciudades en manos de cualquiera. El problema viene de atrás. Como lo ha precisado Frank Safford, la indiferencia de la clase alta neogranadina hacia lo técnico y científico se debe en parte a su herencia cultural. La aristocracia española basó su cultura -militar y burocrática- en los privilegios que le fueron concedidos desde el siglo XI hasta el XIII, y la larga Guerra de Reconquista impuso sus valores a toda la sociedad, pasando a las colonias en donde se acentuaron. La nueva República, inmersa en sus innumerables guerras civiles, buscó la "modernidad" más como imagen que como cambio real. Esto ha sido fatal en Cali pues ha crecido con mala arquitectura y mala construcción, en la que ha sido su mayor expansión desde su fundación, con gran peligro para la vida, como ya se sabe pero no se cree: ¿como explicar que no se haya actualizado la microzonificación sísmica de la ciudad mientras se despilfarra dinero en las iluminaciones navideñas?


          Es imperativo un cambio en la enseñanza que les permita a los nuevos arquitectos y constructores afrontar el reciclaje de ciudades y edificios destruidos por los temblores pero sobre todo por la codicia y la ignorancia. Es inconcebible que, por ejemplo, desconozcan la nueva ley pese a que su ignorancia los puede llevar a la cárcel. Reconforta que la Facultad de Arquitectura de la San Buenaventura haya preparado desde el año pasado un foro relativo al tema. Es de esperar que a este le pongan más bolas que al muy completo que hace unos años realizó la SCA, ignorado por arquitectos y, lo que es más penoso, por profesores de arquitectura, paradoja que se repitió la semana pasada, cuando solo unos pocos arquitectos asistieron a las conferencias programadas al respecto por la Facultad de Ingenierías de la Universidad del Valle.


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