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La destrucción de una tradición. 04.05.1998


Después del terremoto se cometieron graves errores en Popayán. Edificios de más de dos pisos dañan el perfil de la ciudad, cambian su escala y comprometen la preeminencia de sus monumentos pues su volumen es mayor que el de las iglesias e incluso, en algunos casos, que el del Teatro Municipal y la mismísima Catedral. También se permitió la supresión de muchos patios, que son justamente los que con las calles caracterizan su viejo centro, en el que -es lamentable- no se ha restringido el transito. Pero lo más grave, aunque lo que menos se reconoce, son las fachadas y ornamentaciones pseudo coloniales que surgieron por todas partes. Sin embargo, y es lo importante, muchas de sus casas, claustros e iglesias fueron restaurados con acierto y se salvaron las calles tradicionales. Se eliminaron postes, cables, avisos y semáforos, se recuperaron sus paramentos y aleros y el blanco con que se pintaron (pese a que antes tuvieron el colorido propio de la cal con pigmentos minerales) es un acierto urbano y arquitectónico evidente pues se logra una uniformidad, nitidez y serenidad que compensan el desorden de la ciudad actual.
           Por lo contrario, las modernizaciones a la que se sometió Bogotá después del 9 de Abril terminaron por destruir mucho de lo que quedo de la tradicional Santafé exceptuando La Candelaria y algunas iglesias y conventos. En Cali fue peor. Con la disculpa de los Juegos Panamericanos se arrasó no solo con lo que había dejado la demolición de las casas tradicionales que dieron paso a edificios moderno-historicistas en la primera mitad de este siglo (con los que se escenifico la nueva capital del nuevo Departamento del Valle) sino también con buena parte de estos. Error que se repitió por tercera vez en las últimas décadas, esta vez reemplazando muchas residencias, que se contaban entre el mas valioso patrimonio arquitectónico moderno del país, por mediocres edificios pseudo pos-modernos de los que se lleno la ciudad con el boom del negocio inmobiliario que genero el lavado de dineros del narcotráfico.
            Esta preocupante destrucción del patrimonio urbano y arquitectónico colombiano, solo explicable por la codicia, la corrupción y la ignorancia, es quizás más acentuada en el sur-occidente que en ninguna otra de sus regiones. De Pasto a Manizales, pasando por Palmira, Cartago, Armenia y Pereira, para nombrar solo las más grandes, sus poblaciones cada vez tienen más puentes pero menos casas "viejas" y las que quedan están ya tan descontextualizadas que no tienen sentido urbano, o tan maltratadas que han perdido sus méritos arquitectónicos y solo les restan los históricos. Santander de Quilichao, Caloto, y Buga son excepciones que peligran.
            Por supuesto esta tergiversación cultural genera más violencia aunque en apariencia solo afecte a los que queríamos nuestras ciudades, que hemos dejado de querer porque ya no existen más. La Cali de mediados del siglo era ordenada, silenciosa, segura, limpia y bonita. La que quisiéramos, aunque algún día sea verdaderamente moderna (estética contemporánea y transporte masivo incluidos) y vuelva a ser limpia, segura, ordenada y silenciosa, ya no podrá tener -también- la belleza de la ciudad tradicional que fue. Por esto, tampoco podrá ser pos-moderna del todo. Solo nos queda seguir visitando a Popayán antes de que los horribles edificios que se están construyendo allí, agazapados tras sus muros blancos, falsas techumbres y fachadas "coloniales" terminen por destruirla junto con la agresión y el ruido de los carros. Y mientras se pueda ir; pues la violencia se ha adueñando también de las carreteras colombianas.

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