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Un lago histórico. 21.10.1999


En un libro (Varios: Historia de la cultura en el siglo XX en el Valle del Cauca ) con imperdonables omisiones, ya mencionadas por Beatriz López y Liliane de Levy, fue también desafortunado el capítulo sobre la arquitectura. Lo que hubiera podido ser un lícito e interesante ensayo sobre su obra (casi todos los edificios que menciona son de su firma) se le volvió en contra. Manuel Lago, que no es historiador ni crítico ni teórico sino uno de los más destacados arquitectos de la ciudad, no pudo valorar como lo merece su importantísima contribución a la arquitectura moderna de la región. Ni la criticó, por supuesto, pero sí ignoró arquitectos, edificios y casas tan destacados como él o los suyos, cuya larga lista apareció en esta columna en protesta por no estar nadie del Valle en los "10 más importantes del siglo" de la revista Credencial. No mencionó siquiera a los que trabajaron en Lago & Saenz, o con ellos, muy especialmente a Jaime Vélez, cuando diseñaban sobresalientes edificios y ganaban concursos. Hasta dejó de lado la estupenda casa de su socio Jaime Sáenz para sus padres.
          Concentrado en Cali y en la segunda mitad del siglo, apenas se ocupó del resto del departamento, y salió rápidamente de los muy importantes cambios de la región al inicio de un proceso que dura hasta hoy. Olvidó que aún se levantaban casas de hacienda cuando ya esta ciudad se pasaba al otro lado del Río Cali con la construcción de villas en barrios residenciales en las faldas de las Tres Cruces y la apertura del Paseo Bolívar, lo que los convirtió en hitos de su paisaje urbano. Nada le dijo la mirada artificiosa de la naturaleza por un romanticismo  tardío que transformó la vieja Plaza Mayor en un square  a la inglesa. No menciona los nuevos parques y paseos, ni la arquitectura hospitalaria o la comercial. Ni las obras públicas ni las nuevas urbanizaciones, hechas muchas por firmas, arquitectos y sobre todo ingenieros extranjeros. Pasó por alto los problemas del patrimonio urbano y arquitectónico en una ciudad que lo ha destruido casi todo. Nada sobre los concursos, exposiciones, revistas, eventos o las escuelas.
          La tesis que aventura es el lugar común de que nuestra arquitectura viene de nuestro pasado lo cual justo no acontece en el siglo XX (y no solo en las iglesias, como se contradice Lago) en donde de la tradición colonial solo quedan adobes y techumbres detrás de fachadas academicistas venidas de Europa con la literatura romántica (Silvia Arango: Encuentro Internacional de Arquitecturas Republicanas, Manizales 1999) y con las fotografías y postales de los viajeros y en la memoria de los muchos extranjeros que llegaron a la incipiente capital del Valle; y no del Capitolio Nacional, como afirma Lago, pues, construidos ya con cemento, hierro y vidrio importados, muchos de estos edificios son anteriores o sus contemporáneos y él mismo venía de afuera. Es una arquitectura moderno-historicista desligada de nuestro pasado. Incluso el español californiano vino fue de Hollywood, el Art deco  de La Florida y la muy importante arquitectura moderna de los 50 y 60 se inspiró en modelos brasileños, europeos y norteamericanos -realizada por arquitectos que, como Lago, estudiaron allá o en Bogotá- al igual que el posmodernismo del narcotráfico de la última década lo está en las revistas y en "Mayami".
          Se ignoraron trabajos como la arquitectura del Ferrocarril del Pacifico de Carlos Botero, las iglesias en la ciudad de Ricardo Hincapié, Ramiro Bonilla y Carlos Zapata, la arquitectura de BZ&G de Rodrigo Tascón, el patrimonio de Cali de Jaime Coronel, su arquitectura moderna de Carlos Bernal y Constanza Cobo, su centro de Marcela Falla, Juan Carlos Vallecilla, Esperanza Cruz y Juan Carlos Ponce de León, los edificios industriales de Jorge Galindo, las unidades de vivienda de Fernando Torres, la morfología urbana y los servicios públicos de Bonilla o la historia de la ciudad de Jacques April. Pero sobre todo el de Francisco Ramírez sobre la arquitectura profesional en América Latina y Colombia, del que solo se reproduce una alabanza sin importancia. Sorprende que nadie se haya tomado el trabajo de establecer los antecedentes, y que no haya bibliografía ni referencias ni dibujos. Desconsuela que Fernando Cruz Kronfly, editor del libro, haya pasado todo esto. ¿O será que esta es la historia de la cultura en el Valle?

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