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El fin de Santiago. 03.02.2000


La ciudad que tomó forma a lo largo de más de cuatro siglos fue destruida en menos de cuatro décadas. Los VII Juegos Panamericanos de 1971, cuando se arrasó con buena parte del patrimonio arquitectónico y urbano de su centro histórico para levantar las "torres" con las que se escenificaron, fueron el inicio del fin de su viejo casco. La nueva Gobernación se levanto detrás del Palacio de San Francisco cuya innecesaria demolición solo se explica por el deseo de cambiar la imagen de la ciudad. Igual pasó con el Cam que se hubiera podido construir al lado del Batallón Pichincha. El Hotel Alférez Real se demolió para dejar allí por muchos años un lote inútil. El rascacielos previsto (hubo al menos dos proyectos) nunca se construyó, pues la reglamentación no lo permitía, por lo que fue permutado por el municipio por un lote construible en altura (donde después se levantó Comfandi) para convertirlo en un parquecito que la ciudad no necesitaba al lado del río y de las extensas zonas verdes del Cam. Estas se conformaron a costa de todas las casas y edificios "viejos" que allí existían. Después se derribo la totalidad de una manzana para edificar el nuevo Banco de la República y casi toda otra para la Fes. La demolición, a comienzos de 2000, de otras dos manzanas para ampliar la sede de Comfenalco, en pleno centro de la ciudad en lo que todavía se llama Zona Histórica (parece una burla) es el final de una tradición. De Santiago de Cali hoy solo queda un pedazo de su nombre y un par de monumentos. La espacialidad urbana de la ciudad ha desaparecido por completo pues incluso en los pocos tramos de viejas calles que aun quedan, su cielo ya esta invadido por las moles amenazantes y sin gracia de los edificios altos que se han elevado al altar de la modernidad y con la disculpa del desarrollo. Solo queda San Antonio muy maltrecho por los sucesivos intentos (explicables solo por la intención de acabar con lo viejo) de ampliar un poquito sus calles, a base de nuevas líneas de paramento, lo que por supuesto no se logro en ninguna.
          El inicio de este talante autodestructivo fue la demolición, a principios del siglo XX, también en el centro de la ciudad, de las casas de arquitectura aun colonial que dieron paso a los edificios moderno-historicistas con los que se escenificó la nueva capital del nuevo Departamento del Valle del Cauca. El Teatro Municipal se construyó demoliendo una vieja casa deshabitada y los nuevos edificios del Parque de Caicedo implicaron la desaparición de todas las casas del marco de la antigua Plaza Mayor. La torre mudéjar de San Agustín se derribó para ampliar la CR 4ª para los carros y después cayeron la iglesia y el claustro (donde funcionó la vieja Facultad de Arquitectura de la del Valle) para construir un horrible parqueadero.
          Sin embargo, la traza ortogonal, de antiquísimo origen (que en el centro de Cali es romboidal por el descuido en su trazado) está tercamente ahí. No solo en lo que fue su casco histórico sino en muchas de sus ensanches posteriores, de la misma manera que permanece su mercado central, entre carros, taxis y buses, en las calles que rodean el nuevo Palacio de Justicia, pese a haber sido demolida la bella plaza de El Calvario, a mediados del siglo XX, precisamente para construirlo. Es decir que han desaparecido edificios, casas y calles pero han quedado usos y costumbres. No hay conciencia por parte de los caleños y sus alcaldes populares del enorme valor del patrimonio construido. Pero no solo es el desperdicio de no usar lo que ya esta construido, que significa una inversión, sino que se trata de no causar un trauma social. Desaparecer las tradiciones y los lugares que unen culturalmente las diferentes generaciones y procedencias de los habitantes de la Cali actual, es contribuir a generar ese desarraigo creciente que tienen con su demasiado nueva y poblada ciudad. Las ciudades son sus construcciones, espacios urbanos y paisajes además de sus actividades. El desencuentro entre unas y otros agudiza en Cali la historia indecisa y cambiante de su identidad como ciudad y la falta compromiso de sus nuevos habitantes con ella (viejos ya casi no quedan) generando un clima propicio a esa violencia que mata cada día un numero creciente de sus habitantes.


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