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Las ciudades colombianas. 18.05.2000


Igual que todas las hispanoamericanas (lo ha indicado el sociólogo mexicano Néstor García Canclini) se caracterizan por su condición híbrida. En ellas casi todo es nuevo pero no moderno. Hay muchas modernizaciones pero poca modernidad. Sus partes antiguas no lo son tanto y en muchos de sus monumentos han perdido sus entornos tradicionales. No es casualidad, tampoco, que en el Tercer Mundo se hayan concebido la mayoría de las ciudades modernas, como Chandigarh, en 1950, diseñada por Le Corbusier; Brasilia, en 1957, de Lucio Costa y Oscar Niemeyer; Islamabad, en 1965, de Louis Khan; Abuja  en Nigeria, y Dodoma en Tanzania, ambas de 1975. Y que estas hayan sido iniciativas "faraónicas" de importantes gobernantes, como Juscelino Kubitschek (que no solamente fue el gestor de Brasilia sino también de la modernización de Belo Horizonte) que pretendieron ciudades sin problemas asentadas en inmensas zonas verdes, propósitos que fueron arrollados cuando tuvieron éxito. Cuando no, como es el caso de Camberra, la capital de Australia, pese al bello y acertado plano que Walter Burleigh Griffin, colaborador de Wright, realizó en 1913, no han pasado de ser curiosidades.
          Es considerando todo lo anterior que los diseñadores urbanos, y sobre todo los políticos y sus electores, deberían afrontar en Colombia el diseño de las permanentes y rápidas expansiones de sus ciudades. Sin embargo hoy lo hacen armados de criterios y concepciones obsoletos: el urbanismo de los CIAM y la arquitectura internacional del Movimiento Moderno, o de lo más trivial de lo que creen que es la arquitectura postmoderna o deconstructivista. O, como es el caso de Cali, rechazando lo propiamente urbano, con un ecologismo miope que añora un campo ya bastante urbanizado por la agroindustria del azúcar, como lo es el del Valle del Alto Cauca, pensando ingenuamente que es posible disfrutar de la naturaleza sin vivir en las ciudades. Dejan de lado que su población actual, superior a los tres millones de habitantes, simplemente no podría subsistir repartida, a razón de mínimo tres habitantes por hectárea, en el poco menos de un millón de hectáreas de su parte plana y sus respectivos piedemontes. Desde luego aquí es posible una situación intermedia, que precisamente es la que presenta actualmente la región: un sistema de ciudades medianas unidas por las mejores carreteras del país. Pero poco se le presta atención y se la destruye dejando convertir las carreteras en calles largas, permitiendo conurbaciones no deseables y manteniendo un sistema político administrativo obsoleto que no considera ni siquiera el área metropolitana que de hecho conforman Cali, Jamundí y Yumbo.
          Sin una verdadera tradición urbana (nuestras poblaciones premodernas eran realmente pequeñas) y sin muchas posibilidades ni interés en conocer verdaderas ciudades (están muy lejos y nos regodeamos en mirarnos a nosotros mismos) rechazamos el artefacto urbano y la importancia de su belleza y creemos ingenuamente que la vida ciudadana se puede llevar a cabo sin él. El resultado de todo esto es el caos visual que caracteriza nuestras ciudades y la pérdida de espacios urbanos públicos conformados artísticamente. La ciudad, entre nosotros, pasó de ser una obra de arte colectivo y un artefacto para vivir -como lo fueron casi todas las ciudades tradicionales durante cientos años y algunas durante varios milenios y muchas lo siguen siendo renovadamente- a ser solo ineficientes artefactos para habitar, circular y divertirse artificialmente en espacios distintos (la TV, los cines, las discotecas, etc.) a los ofrecidos por la ciudad tradicional: las calles, las plazas, los parques, las rondas, los paseos, los restaurantes, cafés y bares, o por la postmoderna: los centros culturales, deportivos y comerciales, los museos y los terminales de transporte. En Colombia, con contadas excepciones como Cartagena, las ciudades se han vuelto, por su rápido y grande crecimiento actual, además de feas -muy feas, como es el caso patético de Cali- inseguras, caóticas, bulliciosas y sucias. Y esto es muy grave pues en las ciudades colombianas ya habita mas del 60% de la población del país. No queda otro camino que aprender a quererlas. Y, por supuesto, hacerlas queribles.
          Adendo: Gaborone, capital de Botsuana, de 1965 y con mas de 200.000 habitantes en 2012.


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