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‘La mansión’. 01.07.2020

Los ‘tiempos gloriosos’ de la casa solariega de la aristocrática familia Von Dranitz en el Este de Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial, es como Anne Jacobs subtitula a propósito su novela de 2017, pese a que se desarrolla mucho más en los que no lo fueron para nada durante la guerra y después hasta la reunificación de Alemania en 1989. Largos y diferentes tiempos que sin embargo recuerdan siempre ‘La arquitectura del poder’ (como titula Deyan Sudjic su libro de 2005 sobre este tema) comenzando por la portada de la edición en español de ‘La mansión’ que sin querer queriendo muestra un palacete como símbolo de una heredad en lugar de una gran casa señorial en el campo.

Además uno de sus personajes, el joven Kacpar Woronsky, es el retrato de la apasionada relación de todo arquitecto que lo sea de verdad con su oficio/arte y sus clientes/mecenas. Hacia “planos, vistas laterales, la perspectiva delantera de un edificio ultramoderno [y] sus ideas eran originales, a veces alocadas, pero nunca comunes y corrientes” y desde luego era un constructor preparado como lo demostró cuando se hizo cargo de la reparación de la mansión, pues como lo sentenció Auguste Perret: “El que no construye, adorna”, y ahora cualquier capricho lo puede diseñar cualquiera, con la ayuda de un computador, varios ingenieros y algunos ‘expertos’ vendedores.

Las cuatro estaciones del año están presentes a lo largo de 506 páginas de muchos sinsabores y amores alrededor de Franziska, desde cuando casi una joven gozaba de las ancestrales fiestas, cacerías y banquetes, hasta cuando casi una anciana se empeña en recobrar su casa, un pasado ya perdido junto con su único y verdadero amor. A lo largo de la novela está presente un clima de estaciones determinante en la arquitectura y con tantas repercusiones como las de las disímiles posiciones políticas de las diferentes generaciones de la familia y sus amistades, en palacios de antes a los que después los socialistas opusieron sus grises y repetidos mamotretos prefabricados de hormigón.

Y está la permanente relación de la arquitectura con el paisaje y su florida vegetación que cambia a lo largo del año, el que en la casa solariega de los Von Dranitz va del cercano lago a las lejanas montañas y a las ocasionales vistas al cercano pueblo, que Franziska recorre primero a caballo y al final caminando sola pero acompañada de Falko su último perro. Y los detalles de la arquitectura de la casa son muchos, y definitivos como señaló Ludwig Mies van der Rohe, aunque no tantos como los de las muchas comidas que se mencionan en la novela, y en eso arquitectura y gastronomía se parecen; composición/arte por un lado y por el otro protección en una y alimentación en la otra.

También es permanente la estrecha relación de la mansión con el pueblo cercano, y de hecho la casa principal y sus anexos, incluyendo capilla, cementerio y otras viviendas, conforman un pequeño asentamiento urbano, lo mismo que sucedía con las casas de hacienda en Hispanoamérica, cuando las reformas borbónicas del siglo XVIII permitieron que los encomenderos se convirtieran en hacendados y pudieron vivir y ser amos de enormes propiedades en el campo y levantaron casas de alto. Conjuntos que a veces generaron verdaderos pueblos, como es el caso de Garciabajo o de Piedechinche en el valle del río Cauca, ya que la arquitectura permitió las ciudades y no lo contrario.

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