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Los vendedores de la calle. 07.10.1998


El problema principia en que precisamente no son ambulantes. Se han estacionado en las calles del centro tradicional de la ciudad. Han invadido sus estrechos andenes y en muchas partes los bordes de las calzadas. Hace años que se apoderaron de la calle octava. Construyen sólidas e ingeniosas casetas. Toman la energía del alumbrado público. No pagan impuestos ni cobran el IVA. Venden contrabando en las narices de todo el mundo. Se sabe que muchos trabajan para verdaderas empresas del comercio informal. También que algunos almacenes los usan para vender sus propios artículos. Los alcaldes aseguran que los van a retirar pero su corto periodo no les deja tiempo para tener que hacerlo.
          Desde luego es ante todo un problema económico, político y administrativo. Pero también es una cultura: la cultura del tugurio. En este país se tugurizan las carreteras, las calles, los parques, las plazas, los edificios públicos...los centros comerciales. Si algo ofrecían estos, era que tenían parqueaderos gratis, ordenados, al aire libre y suficientes. Y pasillos limpios y libres. Pero la codicia de sus administradores y propietarios, y la cultura del tugurio, los han ido haciendo cada vez mas parecidos a las tugurizadas calles del verdadero centro comercial, que era el viejo casco tradicional de la ciudad, al que pretenden reemplazar. Ya no caben en ellos los carros y se improvisan parqueaderos desmejorando los existentes o construyendo oscuros, confusos y desagradables depósitos de carros, de varios pisos. Las áreas libres se invaden con ridículas estructuras, los pasillos se llenan de olorosas ventas de comidas y sonoros televisores que nadie ve. Las salas de cine ya no se sabe si son para ver cine o para comer comidas de mentiras. Las puertas se abren antes de que terminen las películas como si no se hubiera pagado para verlas completas.
          Pero, como de costumbre, lo peor es cuando son las mismas autoridades municipales las que tugurizan los espacios urbanos de la ciudad. Como pasó con el Parque de los Estudiantes, la colina de San Antonio y, ahora, con el Parque de Santa Rosa, invadido por módulos metálicos a los que se pretende trasladar los vendedores de libros viejos, que desde hace años ocupan parte de las calles aledañas, en lo que es ya una tradición caleña que habría que simplemente mejorar ampliando los andenes. Por supuesto los sitios que dejen libres los van a ocupar nuevos vendedores. O los mismos, que, siguiendo el mal ejemplo de los almacenes de marras, tendrán allí un segundo puesto.
          Pensar que se los puede sacar del centro, o concentrar en edificios, ya tugurizados antes de estar terminados, es por lo menos ingenuo. Los vendedores de la calle tiene que estar necesariamente en donde hay peatones. O se espera a que cambie la economía del país, y la forma de hacer política, o se los organiza donde están, ampliando los andenes (llenos de muelas) y construyendo plazuelas en los lotes de engorde que abundan en el centro. Allí se los puede organizar y poner a pagar un derecho por el uso del espacio publico. Es decir, legalizarlos. Al final, el problema no es la abundancia de vendedores en las calles -si no se necesitaran no existirían- sino la carencia de espacios urbanos en donde quepan civilizadamente todos: vendedores y peatones, como en cualquier ciudad civilizada del mundo. ¿O que es el extenso Rastro en Madrid, o el bello pórtico de la Plaza de Santo Domingo en México, o San Telmo en Buenos Aires, o la maravillosa  Djemaa-el-Fna en Marrakech, por ejemplo?
          Insistir, como se ha hecho, que entre más espacios públicos se construyan, más vendedores habrá, es tan brutal como razonar que es la abundancia de comida la que produce el hambre. No, la calentura no esta en las sabanas. No es que sobren los vendedores, es que faltan andenes. Y orden, claro esta, que por lo visto solo existe aquí en el Escudo Nacional. Tal vez por eso la Libertad derivo hacia el libertinaje.


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