Salvo cortas menciones de castillos y palacios imaginados, o de puertas y ventanas enrejadas de algunas ventas, el tema de la arquitectura no existe en el libro, pero en su segunda parte hay algunas conclusiones que aplican a la arquitectura: “La abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se estimen” (P. II, Prólogo, Aguilar, 1957, p. 980); “no hay libro tan malo […] que no tenga algo bueno” (P. II, C. III, p. 1014); “la mejor salsa del mundo es la hambre; y como ésta no falta a los pobres, siempre comen con gusto” (P. II, C. V, p. 1030); “sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos extremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad” (P. II, C. XVII, p. 1168 ). La abundancia en un edificio de componentes constructivos siempre iguales, o de algunos de sus elementos y partes, es decir la repetición idéntica de algo, elimina las sorpresas al mirarlo y desde luego en su recorrido y pronto lleva al aburrimiento; como sucede con tantos insípidos rasca...