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Cali la mudéjar. 19.12.2002


La Torre Mudéjar de Cali, el mas logrado ejemplo de esa arquitectura que floreció en la Nueva Granada en la segunda mitad del siglo XVIII, es coetánea de la iglesia de San Agustín (demolida), la espadaña de la Capilla de San Antonio y la ampliación y mejora de muchas casas de hacienda del Valle Geográfico del Alto Cauca usando ladrillo y techumbres de par y nudillo. Es tan evidente el mudéjarismo en estas construcciones que Santiago Sebastián infiere que aquí hubo por esa época un activo foco de descendientes de hispanomusulmanes (Arquitectura colonial en Popayán y Valle del Cauca, 1965), como también lo hubo en Quito y Lima. Este mudéjarismo será lo que caracterice nuestra arquitectura colonial, pero no limitado a un ciclo histórico, dice él, sino como una constante.
Novedad que permaneció en la ciudad y aun se ve en las pocas casas urbanas de tradición colonial que quedan, como la de Hernán Martínez Satizabal, ya de mediados del siglo XIX, algunos de cuyos rasgos mudéjares llegan incluso hasta mediados del XX. Además, en la década de 1940, se levantan muchas casas y edificios español californiano y unos cuantos neomudéjares como la casa Urdinola-Uribe, de Álvaro Calero Tejada, y la Compañía Colombiana de Tabaco, de Joseph Mar­tens. También se encuentran ornamentaciones planistas de ladrillo, propias de la arquitectura islámica, como en el puente del Conservatorio, en donde se copiaron los losanges (rombos en posición vertical) de la Torre Mudéjar.
          Su influencia se puede constatar también en ciertos edificios modernos de la década de 1960 como la Escuela de Enfermería de Germán Cobo y en muchos ejemplos de la arquitectura residencial moderna local, de los mejores del país, especialmente en las casas de Heladio Muñoz y Borrero Zamorano y Giovanelli. Sus volúmenes puros, que la arquitectura moderna debe al mediterráneo islámico, no son exentos, rodeados de antejardines y aislamientos laterales y posteriores, como correspondería a sus modelos funcionalistas europeos y norteamericanos (que sí rodean las casas español californiano), sino que paramentan las calles y se organizan alrededor de patios como lo hacían las casas coloniales. Igualmente se encuentran relieves de ladrillo que producen intensos contrastes de luz y sombra. Incluso existen un par de reinterpretaciones del mudéjar muy recientes, pos modernas, cultas y actuales.
          Desgraciadamente también se puede ver la trivialización insensible e ignorante del mudéjarismo, como esos desafortunados intentos de reproducir casas "coloniales" en el sur de Cali -el llamado guatavitismo- o de repetir la irrepetible Torre Mudéjar, como se hizo en el ICESI. Precisamente dice Hermann Broch que "nada puede satisfacer con tanta facilidad esta nostalgia del ayer histórico como el kitsch".  Mucha arquitectura pseudo posmoderna se aproximó chabacanamente en Cali a finales del siglo XX al romanticismo sentimental del XIX, que Broch liga históricamente al kitsch, que es cuando entre nosotros se pretendió reemplazar lo colonial con la llamada arquitectura republicana, empezando nuestro lamentable viraje de lo auténtico a lo falso, de lo bello a lo complaciente de lo pertinente a la moda.                                                                                                                     
          Si bien poco a poco se ha aceptado (no siempre para bien) el valor de la arquitectura colonial, escasa atención se le ha dado a su sorprendente y larga influencia y a su tradición mudéjar, a la larga islámica. Por lo demás, la enorme importancia de la Torre Mudéjar y las casas de hacienda vallecaucanas estriba no solo en ellas mismas sino en sus pertinentes enseñanzas. Si don Diego Angulo llamaba con razón a La Nueva Granada "La Mudéjar", si que Cali es en ella la más mudéjar. Es muy sugestiva la evidente presencia hispanomusulmana y del África islámica en el Alto Cauca, que además de en su arquitectura es palpable en monturas y aperos de caballos, dulces y comidas, palabras y acentos y algunos comportamientos y tipos humanos; y por supuesto en la antigua tradición de correr toros en la Plaza Mayor. Ojalá (del árabe: wa-sá Alläh: y quiera Dios) se la estudiara más.

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