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Trenes y buses articulados. 03.05.2001


Vale la pena insistir en compararlos. La línea principal del metro de Cali, hay que repetirlo, es de superficie, casi recta y prácticamente a nivel. Pasaría justo por la mitad de lo que de hecho es su área metropolitana, y en su mayor parte lo haría en medio de una zona verde amplia. Fácilmente se puede prolongar a Yumbo y Jamundí, aun cuando inicialmente lo sea con un tren de cercanías. No hay necesidad de comprar ningún terreno y solo hay que hacer las estaciones, las vías y las catenarias para la energía. Su construcción causaría muy pocas molestias; buena parte de los puentes vehiculares que cruzan el corredor férreo ya están construidos y en los faltantes se pueden poner semáforos que den prioridad al tren.
          Reemplazarla por un sistema de buses articulados significaría que este tiene que ajustarse al transito existente y demandaría compra de predios y adecuación de vías en áreas habitadas causando molestias y entorpeciendo la circulación. A menos que sus buses transitaran, precisamente, por el corredor férreo con lo que su diferencia con el metro solo sería su material rodante y su operación, pues las estaciones son las mismas, el costo de las vías similar y ambos sistemas necesitarían que los alimenten. Pero en cambio anularía la posibilidad futura del metro de superficie.
          La operación de este tipo de metro es menos contaminante y más eficiente, segura, confortable y placentera que la de los buses articulados, al ser eléctrico e ir por rieles, y por que sus vagones, más largos y más anchos, facilitan la entrada y salida de pasajeros y su acomodo; además se les pueden quitar o agregar, cosa que no se puede hacer con los buses, por lo que la relación pasajeros por conductor le es favorable. Tanto los vagones como los buses se pueden ensamblar en el país y sus componentes nacionales son prácticamente los mismos: carrocerías, puertas, ventanas, asientos y sistemas de iluminación, sonido y climatización.
          Las ventajas evidentes de un metro de superficie harían que el efecto civilizador del sistema de transporte masivo sea mayor. Comprobable en el Transmilenio de Bogotá y en los metros de México y Caracas, pese a ser subterráneos, es en el de Medellín, no obstante la forma equivocada como pasa por el centro, en el que se puede valorar la gran ventaja de circular al aire libre. El ambiente seguro, ordenado, eficiente, limpio, silencioso y agradable de este metro que ya lleva cinco años impecable, se extiende poco apoco a las áreas inmediatas a las estaciones.
          Afortunadamente la disyuntiva metro o buses articulados para Cali parece que se va a superar venciendo ese fundamentalismo nacional que tiene que escoger siempre entre lo uno o lo otro, ya sean personas o ideas. La de que pasamos de la mula al avión, además de falsa, ha sido nefasta para el transporte en la región: el ferrocarril desplazó a la navegación a vapor y a su vez fue reemplazado por los camiones. Eliminar la posibilidad futura de hacer un metro de superficie por el corredor férreo por el considerable sobrecosto de la línea subterránea prevista para unir lo con el centro de la ciudad, es irresponsable y miope pues dicha línea, como la de Aguablanca, seria fácilmente reemplazable por buses articulados o comunes.
          Pero lo más preocupante es que aún no nos damos cuenta de que todo sistema de transporte masivo comienza y termina en los andenes. Y Cali simplemente no los tiene. La calle quinta, por ejemplo, no se podría adecuar para buses articulados, pues se impediría la ampliación urgente de sus andenes. Si se trata de austeridad y de pensar en la gente y no solo en los carros, habría que comenzar por hacer aceras en el Centro y, si hubiera autoridad, por organizar los buses, muchos apenas camiones disfrazados, cuyos choferes hacen todos lo que se les da la gana en las calles, y  cuyos propietarios casi todos compran las rutas y permisos que les convienen. Ojalá la politiquería, la corrupción, los intereses creados y la falta de visión no lleven a desechar el metro, y ojalá alguien, que todavía camine y piense, se tome en serio los andenes y las ciclorutas, como lo hizo Peñalosa en Bogotá; el protocolo de Kioto apunta hacia ellos.

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