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Ver y oír. 26.04.2001


A la Orquesta Sinfónica del Valle

"La arquitectura -escribió Sir Joshua Reynolds, que siendo gran pintor tenía por que saberlo- recurre directamente, como la música [y ahora mucho arte], a la imaginación, sin que intervenga ningún género de imitación..." Son espacios, abiertos o cerrados, ligados o no, que se ven (y se habitan) a lo largo de recorridos diferentes en tiempos indeterminados, pero que forman un todo. De otro lado, notas, acordes, frases, temas y movimientos encadenados que se oyen en un tiempo preciso y en un orden dado; es la música, esa construcción invisible, como dice el Emperador en Memorias de Adriano. Pero hay más: la resonancia que producen las bóvedas de crucería, recordaba  Mario Gómez Vignes, pudo insinuar la polifonía al final de la Alta Edad Media, y sin duda fue la música sinfónica y coral la que inspiró la Filarmónica de Berlín y no sólo la respuesta funcional de Hans Scharoun al grave problema de estar la sala localizada en la ruta de aproximación a un aeropuerto de la ciudad, como se suele explicar.
          Qué maravilla la gran música y la gran arquitectura juntas. Al pie de la pirámides, en el teatro romano abajo de la Acrópolis o en las termas de Caracalla. Un coro pequeño en una iglesia románica, o, potente, en una gran catedral gótica para subir a lo alto de su alto crucero. Un cuarteto, un trío, un quinteto, en la intimidad austera de una iglesia colonial. La alegría de los vientos en cualquier plaza o hasta en la retreta kitsch de un parque. Una gran sinfónica en una sala de conciertos, como las de Alvar Aalto, invento de la arquitectura moderna precisamente, o, con muchos coros, en un barroco teatro a la italiana. Incluso en uno modesto y tardío como el Municipal. Y con buenos solistas, un estupendo director y un músico grande, es la apoteosis total. Acompañadas del teatro (la representación) música y arquitectura se vuelven un intenso, bello, significativo, profundo y vital ritual. Como en el réquiem de Verdi con sus sonoras trompetas arriba y el profundo coro muy atrás, o en ese increíble ¡Halelujah! que nos empuja a donde debería estar Dios y por eso nos levantamos, como nos gustaría creer que lo hizo Jorge II, no solo por tradición sino por que en ese movimiento la orquesta, los solistas y los coros se "escapan" hacia ese cielo de verdad que nos da Handel con su Mesías... y queremos ir con ellos.
          La proyectación arquitectónica y la composición musical predeterminan secuencias que luego son ejecutadas por otros para crear emociones; en el tiempo, una, y en el espacio y en el tiempo, la otra. De la primera quedan (a veces) los edificios, es decir, su única interpretación; de la segunda quedan las composiciones que se interpretan (a veces no) muchas veces. En la construcción intervienen muchos no artistas pero los interpretes siempre son músicos, aunque no siempre muchos. Los músicos, en general, como todos saben menos ellos, que no quieren oírlo, no ven la arquitectura, lo que no les afecta su musicalidad y hasta puede que les agudice el oído; por lo contrario, los arquitectos sordos a la gran música están ciegos a esa belleza que le habla al espíritu y la historia y no solo a sentimientos y costumbres. Por eso mientras en Colombia sigan destruyendo sus edificios y ciudades tradicionales, mientras haya ministras de "cultura" que crean que porque Vivaldi no es colombiano su música es extranjera, mientras los colegios tengan banda de guerra y no de música, no habrá paz de verdad. Y por eso es tan importante que nuestra sinfónica, una de la pocas que quedan en este país que nunca tuvo muchas, sea cada vez mejor notoriamente; y con más público, a pesar de celulares, cuchicheos, carraspeos y todo, y con muchos niños -bienvenidos- que hay que ayudar a educar. Cómo sería de buena la presencia de más arquitectos en los conciertos; tal vez superarían su arquitectura trivial y el daño sordo (silencioso, insensible) que le han hecho a la ciudad con ella.
          A manera de coda hay que decir que tal vez la relación entre arquitectura y música explique que Alma Mahler comenzara su envidiable cadena de intensos amores con el famosísimo compositor, y la terminara con Walter Gropius, el aún más conocido arquitecto. Por supuesto ella sabia lo que vale la pena amar a los verdaderos artistas; oírlos y verlos.

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