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Armonía y caos. 14.07.2005


Desde las bodas de Cadmos y Armonia se sabe que “El que es bello es amado, el que no es bello no es amado”, como allí cantaron la Musas, según cuenta Hesíodo. Pero a Apolo, dios del orden y la euritmia, que pone un limite al caos, representado en el frontón occidental del templo de Delfos (siglo IV a.EC), se opone Dionisos, que está en el oriental, dios del caos y del desenfreno sin reglas. Desde la antigüedad sabemos, pues, que nos movemos entre el caos y la armonía (Umberto Eco: Historia de la belleza). Sin embargo, en los muros del templo se lee: “Lo mas exacto es lo mas bello”,”Respeta el limite”, “Odia la insolencia” y, “De nada demasiado”, como si privilegiáramos lo armónico.
            Lo bello generalmente es exacto, pero no siempre ni necesariamente solo preciso. Nuestra arquitectura colonial, por ejemplo, no es exacta pero sí parece serlo, lo que es suficiente, con otras pocas cosas, para que sea bella. Mientras que mucha de la vulgarización final de la arquitectura moderna, con frecuencia exacta, lo que parece es apenas redundante. Usa excesivamente unas escasas y simples formas, con su concepto ya olvidado, con el resultado de que nos presenta mucho de muy poco. Y la arquitectura actual, en general, tampoco es bella: nos quiere mostrar mucho de mucho y entre nosotros ni siquiera es exacta.
Lo feo ordinariamente lo es, entre otros aspectos, porque no reconoce los limites, los ignora, no los tiene en cuenta o simplemente pasa olímpicamente por encima de ellos. Pero tampoco es que los trascienda, lo que es muy distinto. No penetra ni se extiende mas allá, no descubre lo que estaba oculto. Es el caso de mucha de la arquitectura que hoy no considera su contexto urbano y cultural, pero que tampoco supera el objeto mismo en que hemos convertido la gran mayoría de los edificios. Ignora lo discreto, lo apropiado, lo pertinente. No parte de establecer sus limites. Pero tampoco evidencia nada nuevo, soberbiamente ignorante de su ignorancia.
             Demasiado de cualquier cosa casi siempre es feo. Hostiga; incluso el inmaculado blanco. El insulso blanco sobre blanco sobre blanco de muchas remodelaciones recientes del barrio Granada en Cali, es a la larga fatigosamente redundante, y que insolencia cuando incluso pintan el anden de blanco. Hay allí demasiados materiales y “detalles” innecesarios, demasiado vidrio y acero inoxidable. La redundancia es fea al contrario de la repetición. Nuestra arquitectura colonial y de tradición colonial, por ejemplo, repite, de California a la Patagonia, con las necesarias variaciones, los mismos patrones, incluyendo el encalado blanco, pero nunca es redundante.
La insolencia, que es atrevimiento, descaro, ofensa o insulto, acción desusada y temeraria, nos toca soportarla diariamente con la fealdad creciente de nuestras ciudades y pueblos. Es el deterioro del paisaje natural, la inclemencia de la publicidad exterior, la agresividad de los edificios innecesariamente altos, la desaparición del espacio tradicional de las calles y la presencia en ellas de los carros que las invaden. Y sobre todo es la trivialidad de muchas de sus construcciones por su inexactitud, desprecio de los limites y exageración. Las que no privilegian lo armónico y se acercan peligrosamente al caos. Las que se nutren de la moda, de la que se ha dicho que es el buen gusto de los idiotas.


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