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El otro tampoco. 18.05.2006


Informaba El País el sábado pasado que el Mio no “despegará” este año y la realidad es que en el próximo tampoco y quien sabe el siguiente. Todo por querer pasarlo tal y como está concebido (buses bi articulados de piso alto con anchas estaciones centrales y carriles exclusivos) por donde no cabe como se ha venido sosteniendo inútilmente en esta columna desde hace cerca de cinco años. Los buses articulados se diseñaron para que circularan y giraran por calles estrechas pero para el Mio se escogieron solo por su mayor capacidad pese a que esta se hubiera logrado a menor costo con buses extra largos o de dos pisos pues sus rutas en Cali no tendrán curvas reducidas. Seguramente en unos años el Mio funcionará y será mucho mejor que los camiones carrozados de hoy pero a costa de quebrar negocios, demoler ciudad a diestra y siniestra y talar los samanes de la Quinta, convirtiendo las principales calles y avenidas de Cali en sosas vías sin el cacareado espacio público peatonal que nos prometieron.
Pero en cinco años mas también se producirá el colapso del sur de Cali. Y solo se podrá decir que esta columna lleva diez años sosteniendo que el abandono del tren ligero por el Mio fue un error, y cinco afirmando también inútilmente que lo del sur es aun mas grave. Es el mejor ejemplo de la peor ciudad: aquella conformada únicamente por sucesivos condominios cerrados exclusivamente de vivienda, y resultado de la especulación privada del suelo agrícola que la rodea combinada con la total falta de planeamiento serio por parte de las autoridades municipales. Su repentina y excesiva densificación llevará  a la congestión creciente de las vías, la ineficiencia del transporte colectivo y la insuficiencia de servicios, lo que ocasionará problemas sanitarios y, especialmente, a la destrucción del paisaje natural. Será la “Aguablanca” de los ricos, y no es paradójico que muchos de los responsables de lo que hoy pasa en Cali vivan allí ni que allí estén las universidades, llamadas supuestamente a orientarnos, pues todos se fueron al sur escapando, precisamente, de lo urbano.
De esa ciudad que es un “espacio acotado para funciones públicas” y ante todo “plaza (ágora), discusión, elocuencia” como decía Ortega y Gasset. Pero es que desde la Colonia no nos gustan las ciudades (ni la discusión) como lo indican los continuos llamados de la Corona a los hacendados para que construyeran sus viviendas en ellas, lo que acataron mientras continuaban habitando sus magníficas casas de hacienda como se lee en El Alférez Real. Y cuando Cali se volvió capital, sus mas pudientes comerciantes de inmediato saltaron con sus nuevos automóviles al otro lado del Rió Cali a sus nuevas villas a la penúltima moda mientras el centro abandonado se comenzaba a destruir. Al principio fueron meras fachadas superpuestas a tipos tradicionales pero después se recurrió a la demolición indiscriminada de una ciudad cuya milenaria traza de calles paramentadas, plazas y manzanas de patios insistía, como la lengua,  en permanecer. Pero cuando la ciudad se volvió negocio con las UPACS solo quedo la especulación inmobiliaria ignorante e insensible actual.

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