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Las carpas del río. 18.12.2003


Lamentablemente no se trata de los conocidos peces, si no de esa insólita ola, monótona, tiesa y morada, templada sobre el Río Cali, mal copiada de un adorno navideño de Medellín, y que no la han destruido o robado toda pues todavía somos presos de los espejitos y el oropel. Su propósito no es impedir que se moje el río, pues ha arreciado el invierno, como dicen malévolamente por allí, si no que dizque es para alegrarnos estas húmedas navidades. Que exceso; que despropósito. Como si nos sobrara dinero. Y para instalarla pisotearon lo poco que había quedado de las florecitas frágiles y abandonadas que la Cámara de Comercio sembró allí el año pasado. Claro que muchos encontraran bonitos los peces que vuelan por encima de la carpa, pero el punto es que el río no necesita de adornos si no que lo protejamos de verdad.
Como dice Raúl Sedano, biólogo del CIAT, “se usan nuestros impuestos para engalanar una sección del Río Cali, […] con evidentes ejemplos de invasión del área forestal protectora del Río, invasión del cauce, jardinería abusiva y obras carreteables de ingeniería dura. Si de resaltar nuestro Río se trata, se hace de modo inocentemente nocivo, pues en esta decoración se sobrepone lo vistoso a la seria necesidad de reflexión por la protección del agua como recurso que puede echarse a perder para la ciudad de Cali. Quizá en esta oleada decorativa los peces de mentira simulan los que están casi extintos y de paso se cubre el Río para ocultar la vergüenza de las autoridades que ayer y hoy siguen por debajo de la altura que exige [su] manejo.”  Y con toda razón pregunta cuanto costó tal despilfarro y si se recuperará revendiendo las “sabanas azules y pececitos descoloridos por el sol”.
Que mejor regalo de navidad para Cali que haber empleado ese dinero en un programa serio para trabajar por los ríos que la irrigan, como propone Sedano, incluyendo las laderas en donde la deforestación amenaza el futuro hídrico y recreativo de los caleños. Es que la respuesta al déficit de áreas verdes de la ciudad sin duda está en sus cerros. Deberían ser para Cali lo que el mar para los puertos. Hay que ver no mas como se ve de bello reverdecido por el invierno el de las tres cruces (pese a las treinta feas y desordenadas antenas que las tapan sin que la jerarquía eclesiástica nunca haya dicho nada de este pecado mortal), para entender el desperdicio y la amenaza vital que representa para Cali el seguir ignorando lo que significa que la ciudad esté a los pies de la cordillera.
Por supuesto que también hay que adornarla para las navidades. Pero con discreción y buen gusto, tal como se hacia hace medio siglo cuando solo se ponían luces en algunos grandes árboles, los que no tendrían por que sufrir con el calor de las bombillas pues las pequeñitas que hoy se consiguen son inocuas. Igualmente se podrían iluminar edificios y lugares visibles y tradicionales, justamente como se hizo ahora con el Puente Ortiz y La Tertulia. Antes las luces comenzaban solo el día siete y aunque eran pocas, pues se trataba de una tradición antioqueña, eran bellas velas de verdad. Hoy, junto con la bulla, la pólvora, el desorden y la borrachera empiezan cada vez mas pronto sin ton ni son. Claro: es que ni la ciudad, ni sus habitantes, ni el río, ni los cerros, ni los imaginarios son los mismos. Y la imaginación tampoco.


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