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Que piedra. 14.12.2006


“La arquitectura, una “piedra” en el camino de los discapacitados” tituló El País (29/11/2006), de una manera desafortunada, por decir lo menos, un informe sobre las llamadas barreras arquitectónicas, que son otra cosa; y por supuesto el que en Cali no haya andenes para todos es de lejos la primera y mas grave. La piedra en el camino de los caleños, y no solo de los discapacitados, es, precisamente, la falta de arquitectura. El trazado de las calles no es apenas un asunto de vialidad, cosa que torpemente pasan por alto los que defienden los diseños urbanos del Mio, muchos de los cuales además quedaran incompletos. El lapso refleja una ignorancia muy preocupante por lo generalizada en una ciudad que por lo mismo no vacila en elegir a un alcalde que ni siquiera la puede ver. Nada en los medios de información locales sobre la última Bienal de arquitectura colombiana y solo a veces algo folclorizante sobre el poco patrimonio construido que nos queda, debido entre otras cosas a nuestra atrevida ignorancia de lo que son la arquitectura y las ciudades.
De ahí que las obras públicas recientes sean responsables de la fealdad de los nuevos espacios urbanos, mientras que muchos de los tradicionales se han remodelado mal o han sido reemplazados por una infraestructura vial improvisada y barata. Los alcaldes populares, con apenas un corto período, sólo piensan en “soluciones” viales a dos o más niveles que, además de ser adoradas por los que ni siquiera tienen carro, se prestan para todos los diferentes tipos de corrupción usuales hoy en día en el país. Y ahora están descrestados por los sistemas de buses articulados, impuestos desde el gobierno central, que privilegian el negocio sobre el servicio e ignoran las preexistencias urbanas en nombre del progreso. Poco les importa que pasen por todo el frente de la Puerta del reloj en Cartagena, o que acaben con la ultima de las cinco alamedas que tenia Cali.  Menos mal que en Bogotá cada vez son mas los que se oponen a que pasen por la Carrera Séptima, pues para mal pero también para bien todo lo copiamos de allá.
Otra cosa es que la arquitectura mala, no la arquitectura, sea sin duda un impedimento para las ciudades buenas. Muchos políticos y mercaderes (y ciertos lideres cívicos, habría que agregar), más dedicados a la publicidad y el negocio que a otra cosa, nos quieren hacer creer que las ciudades que habitamos son fantásticas, cuando su realidad es muy otra, no es sino mirarlas (Jaime Sarmiento: La arquitectura de moda, 2006). Se han rendido a un capitalismo salvaje que llena las arcas de promotores, constructores y bancos, si es que no son lo mismo, al tiempo que destruyen climas, paisajes y patrimonios construidos. Nada les impide, por ejemplo en Cali, repartir en los municipios vecinos su equipamiento urbano, para valorizar terrenos agrícolas. O destrozar aun mas nuestros bellos cerros, que contaron con una vegetación como la que aun se puede ver en el mágico bosque de niebla de Yotoco y en las riveras altas de los ríos de la ciudad, desperdiciando imperdonablemente la oportunidad de tener una ciudad abrazada a ellos, como lo son pocas en el mundo; que piedra.


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