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OJO. 05.05.2016


            Se dice que las personas tienen oído para percibir los sonidos de la música, voz para entonar canciones o dar discursos, olfato para oler negocios, tacto para proceder en asuntos delicados, gusto para apreciar lo bello o lo feo de todo y no apenas para la comida, aunque curiosamente no para la bebida. Pero cuando se dice que alguien tiene ojo, lo es para apreciar certera y fácilmente las circunstancias, sobre todo en los negocios.
Del ojo para mirar y no apenas para ver poco se habla. Del que distingue colores y tonos, luces, sombras y penumbras, formas y ritmos, planos y profundidades, relieves y texturas, simetrías o asimetrías, en fin, composiciones. El que diferencia la intensidad de lo bello de lo apenas bonito, y su trascendencia. El que siempre que percibe con los ojos algo mediante la acción de la luz, lo considera con exactitud o detenimiento.
Y están los que miran para otro lado, o ven otra cosa a través de sus prejuicios o dominados por la moda, y no por la costumbre de mirar, pues esta se aprende desde niños viendo el entorno en que se crece para terminar mirándolo después ya mayores. Pero sólo algunos entendiéndolo a fondo como Agustina Bessa-Luis en O campo, memoria das artes, 2000, pues muchos no pasan de sus muy reconfortantes nostalgias.
Ojo que se afina viajando, mirando lo que ya se conoce y ha estudiado, y no turisteando para visitar varios lugares en poco tiempo viendo apenas lo que nos muestran. Por que allí, justamente, radica la diferencia: no todo lo que se ve es verdad, la que se descubre sólo cuando se mira, comprobando la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente, pues no se trata de una verificación científica, sino cultural.
          Todos miran paisajes naturales pero los ciudadanos recientes apenas ven las ciudades en que habitan, pues carecen de cultura urbana. No las miran como Wolf Schneider en De Babilonia a Brasilia: Las ciudades y sus hombres, 1960, como obras de arte colectivo en que se realizan múltiples actividades urbanas, sino que apenas ven algunas fuera de contexto, lo que ameritaría otro ensayo sobre la ceguera con la venia de José Saramago.  
            Es una suerte de alexia, de imposibilidad de leer las ciudades, causada no por una lesión del cerebro, sino del entendimiento y la mala y equivocada formación escolar y universitaria, en la que campea lo practico vs lo esencial.  Es por ello urgente reconocer la importancia no solo de lo ético en el manejo de las ciudades, sino el de su estética, la que groseramente se manipula, es otro caso mas, sin ética alguna, precisamente.
            El caso es que la estética se asocia tontamente con lo bonito y no con la armonía y apariencia agradable a los sentidos, relativa a la percepción y apreciación de la belleza, a la que tienden ciertas formas de la realidad en su continua búsqueda. Hermosura que puede ser percibida por la vista y el oído en las calles, avenidas, plazas y parques de las ciudades, y por supuesto individualmente en los edificios que las conforman.
            ¿Será que el ruido nos vuelve sordos y la fealdad ciegos? Al fin y al cabo se trata de la torpeza y deshonestidad con que se trata lo ya existente en las ciudades, conformando acciones indignas de seres inteligentes, que deberían estar formados para discernir, ser sensibles para ver y educados para mirar. Que tienen oído, voz, tacto, olfato y ojo, pues no hay nadie mas peligroso para una ciudad que alguien inteligente pero inculto y negociante.

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