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Resumen. 04.01.2018


          Desde la primera entrega de esta columna (La destrucción de una tradición, 04/05/1998) hasta esta, la numero mil ocho, casi veinte años después, se ha insistido principalmente en solo tres temas en lo que respecta a Cali en tanto que artefacto: La necesidad de definir el área metropolitana de la ciudad. Su posible sistema vial a partir del corredor férreo, el rediseño de las vías, y los andenes a construir. Y, por último, el patrimonio construido ha reutilizar, renovar, o restaurar si se trata de un BIC. Además se ha aludido al deplorable comportamiento de los caleños en el espacio urbano público, sobre todo en las calles, y su poco respeto por los otros en los vecindarios.
          Se ha insistido repetidamente en la necesidad de definir el área metropolitana de Cali, la que debería incluir las partes al otro lado del rio Cauca pertenecientes a otros municipios, y la totalidad de los municipios de Yumbo y Jamundí, pero con un cinturón verde alrededor de la ciudad, para separarla de ellos, y que se la re densifique en lugar de extenderla más, y al tiempo se desarrollen las otras ciudades del valle del río Cauca, y definir cómo sus conexiones con el resto del departamento y el país (Palmira, Buenaventura, Cartago y Santander de Quilichao) entran a la ciudad y se conectan entre ellas. Y en la ciudad misma, crear varias centralidades peatonales además del Centro ampliado.
          Se ha hecho hincapié insistentemente en la enorme ventaja que significa poder utilizar el corredor férreo, ancho, casi recto y a nivel, como eje norte-sur de la movilidad en la ciudad (trenes, buses, carros, bicicletas, peatones) acompañado de una alameda, y la concentración a su largo del nuevo equipamiento urbano y los edificios de mayor altura. Al mismo tiempo lograr la continuidad de las varias y principales avenidas que lo atraviesan este-oeste, como la de las pocas que van norte-sur paralelas al corredor, todas ellas acompañadas de ciclovías en los dos sentidos. Y, finalmente, la ampliación, regularización y arborización de todos los lamentables andenes de Cali, y la construcción de los que faltan.
          Se ha señalado reiteradamente la obligación de emplear todo el patrimonio construido en aras de una nueva arquitectura sostenible y contextual. Lo sostenible para un definitivo aporte ante el cambio climático, habida cuenta de la energía, agua, materiales, trabajo y capital ya invertidos en construcciones que se pueden reutilizar, renovar o restaurar cuando son de interés cultural. Y lo contextual para no seguir destruyendo la imagen de una ciudad con la que todos sus habitantes se puedan identificar, ayudándoles a convivir en ella, y cuya ausencia debe llevar a considerar qué tanto influye su cambio permanente en el mal comportamiento de los caleños en el espacio urbano público.
          Finalmente, en una ciudad que ha crecido tanto y tan rápido ha sido inevitable que sus nuevos habitantes aún no la sepan usar correctamente, y que ignoren los derechos de los demás al no compartir una cultura urbana común sin menoscabo de la propia. El tránsito en las calles es caótico, las numerosas motos un peligro, carros y vendedores invaden sus estrechos andenes, y los peatones caminan por las calzadas, se detienen de improviso, obstaculizando el paso, y cruzan corriendo las calles por cualquier parte. El ruido ajeno es insoportable y cada cual hace del anden y la fachada de su casa un sayo, y el control de las Autoridades es tan insuficiente que parece que no existiera.


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