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Una tierra prometida. 13.01.2021

 Este último libro de Barack Obama, de 2020, que pese a sus más de 850 páginas (que lo hacen un poco incómodo de leer en casa en una hamaca) se disfruta como una buena novela, no es solamente muy interesante respecto a la historia mundial de finales del Siglo XX e inicios del XXI, sino que es también muy importante. Pues si bien ya Trump no es presidente, tanto él como millones de norteamericanos, sus electores y los que no votan, aunque esta vez afortunadamente fueron menos, constituyen una preocupante posible oposición a retomar los avances frente a las amenazas que continúan retando al mundo, iniciados por el gobierno de Obama y echados para atrás por Trump.

También es un libro que asusta respecto al futuro de la política en Estados Unidos y en consecuencia en el mundo, agravada por los hechos e implicaciones alrededor de la toma del Capitolio en días pasados y su insólita vulnerabilidad. Y continúan los muy preocupantes problemas de un incidente o guerra atómica, ya que “por primera vez en la historia de la especie humana, hemos desarrollado claramente la capacidad de destruirnos”, como lo ha advertido Noam Chomsky (¿Quién domina el mundo? 2016, p. 163). Y desde luego las amenazas de los muchos gobiernos totalitarios que hay por todas partes, y del conflicto sin resolver del Cercano Oriente y del terrorismo que origina.

Y el cambio climático, la tala de bosques y selvas, la disminución de la biodiversidad y del agua dulce, la sobrepoblación, el consumismo, la discriminación étnica, económica, social, cultural, de género y sexual, el aborto, la eutanasia; de los que muchos Obama “confiaba en ofrecer […] no solo un registro histórico de los acontecimientos clave que tuvieron lugar mientras estuve al mando y de las figuras más importantes con quienes interactué, sino también una crónica de las corrientes adversas (políticas, económicas y culturales) que contribuyeron a determinar los desafíos a los que mi Administración se enfrentó, y las decisiones que mi equipo y yo tomamos en respuesta a ellos”.

Y por supuesto sigue el asunto del consumo de drogas (cada vez más legalizado allá) y el narcotráfico (aún ilegal en países como México o Colombia) pese a la guerra inútil en su contra impuesta por Estados Unidos que insiste en que se mantenga, pero no allá, claro. La prohibición hace que además de drogadictos sean también criminales. Los problemas médicos y sociales de los drogadictos nunca se solucionarán convirtiendo en delito el daño que se hacen a sí mismos. La legalización permitiría tratarlos como un problema de salud pública y concientización y eliminaría las millonarias ganancias que financian a la subversión y corrompen autoridades y políticos.

Ojalá Joe Biden quiera y pueda retomar los importantes avances que sobre muchos de los puntos anteriores inició Obama, y que Hillary Clinton también se una a este gobierno como lo hizo en el anterior. Y ojalá que Estados Unidos modifique muy pronto su anacrónico y a veces fatal sistema electoral y vuelva a ser esa tierra prometida cuya participación en la Segunda Guerra Mundial fue definitiva ante la amenaza de la Alemania Nazi, y luego durante la Guerra Fría ante la de URSS, cuyo remedio resultó peor que la enfermedad. Pero ahora el capitalismo salvaje sigue allá y en China porque “Washington se protege a sí mismo y al sector empresarial” como señala Chomsky (p.189).

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