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El taller internacional de Cartagena. 06.06.2002


Hace 15 años este pequeño taller de verano, bajo la dirección de Ernesto Moure, se ocupaba del patrimonio de la ciudad ampliando estudios hechos por la Universidad de los Andes. Difícil imaginar que se convertiría en un experimento impresionante que, con otros también ideados por su decano de entonces, Carlos Morales, transformarían la enseñanza de la arquitectura en Colombia. En su ultima edición, en julio del año pasado y bajo la dinámica dirección (ya hace varios años) de Carlos Campuzano, 132 estudiantes, la mitad de ellos de países vecinos, venciendo diferencias de formación, estudios, lengua y por supuesto personales, lograron en cuatro semanas frenéticas 32 complicados proyectos, más interesantes y completos que los comunes de un semestre en las escuelas, y aprendieron más y también de otras cosas.
          Allí se enseña, aprende y forma vitalmente con autodisciplina, tensión y placer. Nada es obligatorio pero todo es a tiempo. Las visitas a obras, los debates, seminarios, conferencias y correcciones con profesores de reconocido prestigio y de diferentes generaciones y origen, y la presencia de historiadores y arquitectos que han participado antes, lo convierten en todo un foro internacional. Las enseñanzas de Rogelio Salmona, invitado permanente, aunque poco vaya, rondan el taller indicando caminos propios a seguir. El tema no es el patrimonio construido sino el por construir: edificios de nueva planta dentro de la ciudad amurallada. La arquitectura como parte de la ciudad y no como objeto escultórico autónomo. Varios programas en diferentes lotes multiplican los problemas que implican nuevos usos y viejas tradiciones, gentes nuevas y contextos urbanos antiguos, y su historia, clima y paisaje.
          Las propuestas reflejaron la procedencia de los estudiantes que tomaron la incitativa en el diseño, evidenciando las influencias y el estado de la arquitectura y su enseñanza en sus países y ciudades de origen. Aunque muchos propusieron edificios algo grandes y aparatosos, fueron sin dudad muy útiles para el debate sobre cual debe ser hoy nuestra arquitectura. Inquieta que la referencia común en Iberoamericanos sean solo las revistas españolas, a pesar de las muy buenas que hay en estos países, pero que son prácticamente desconocidas por estudiantes, arquitectos y profesores. Y ni hablar del desconocimiento de la arquitectura diferente a la del mundo llamado desarrollado, pese a compartir con ella antiquísimas tradiciones, climas, paisajes y recursos. Además, poco se estudian planos y raramente se conoce la implantación de los edificios en las ciudades respectivas. Solo se ven imágenes fotográficas muchas de ellas trucadas. No buscamos las variaciones pertinentes a nuestras circunstancias sino que seguimos dócilmente las formas que nos llegan de las metrópolis. Entre nosotros es arduo indicar salidas sensatas pues estamos acostumbradas a que casi todo viene de afuera. Producto de la transculturación, difícilmente la entendemos. Afortunadamente hay prometedoras excepciones, como precisamente se ventilaron en el taller de Cartagena.
          Es previsible este julio el taller sea aun mejor, que deje trabajos importantes para la ciudad, como al principio, al tiempo que estimulantes propuestas y reflexiones. Que crezca incluyendo estudiantes y profesores de más ciudades y países hasta donde quepan mesas de dibujo en el larguísimo salón republicano del segundo piso del Museo Naval del Caribe, sede del evento, al lado de la muralla. De Cali solo asistieron hace un año dos estudiantes de la Universidad del Valle; uno becado por los Andes (otro también lo fue hace años), y otro pagando. Ojalá ahora vayan más. Allí, profesores, visitantes y estudiantes se dedican con pasión pero con humor a la magia de imaginar edificios maravillosos en ese portento de ciudad. Da esperanzas el que tantas personas encuentren tanto placer en la arquitectura y las ciudades. En julio Cartagena será una fiesta; que bueno que algo de ella al menos se oyera en Cali.

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