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Ese talante nuestro. 17.07.2003


El nuevo Código de Transito lleva meses vigente pero no se hacen cumplir sus normas mas importantes: no estacionar en los andenes y cruzar por las esquinas. Por lo contrario, policías que no merecen serlo aprovechan para cuadrar sus ingresos pidiendo las herramientas que el mismo código prohíbe utilizar en las vías publicas y que en los carros actuales no sirven. Y si se tienen, entonces dicen que se deben llevar en una caja, de la cual nada dice el Código, y no en un maletín (revista Motor de El Tiempo). Las fechas para el seguro, los impuestos o el inútil certificado de emisión de gases son diferentes y cada año cambian. No basta con tener “pase” y hay que tener además un certificado que lo avale.
          En Alemania y el Reino Unido los peatones paran a un paso del sardinel; en otras partes de Europa, mas cerca; los afanosos neoyorquinos lo hacen casi encima, cosa que no se ve en Buenos Aires ni Ciudad de México pese a que son mucho mas grandes; pero solo los colombianos nos bajamos a la calzada y después miramos a ver si viene un carro, y en Cali, vivos que somos (o por que toca pues no hay andenes), de una vez caminamos por la calzada. No nos detenemos para que los carros salgan de los garajes, ya que sus conductores no pueden vernos, sino que nos pasamos por detrás como gallinas. Nos volamos los semáforos pero después vamos como tortugas o paramos en la mitad de la calle para cualquier cosa diferente a usar el celular, como lo indica la ley. Nadie apaga ese inefable adminículo en ninguna parte. Ningún carro sigue los carriles (ni se puede). Los motociclistas llevan el casco en la mano así tengan todas las incomodidades de llevarlo pero ninguna de sus ventajas.
La gente sigue pidiendo puentes peatonales y los políticos ofreciéndolos pese a que los discapacitados, los ancianos y los que van con un coche de niños no los pueden usar. Incluso un candidato propuso uno para cada esquina. A nadie le importa que no tengan ascensor o que haya que subir por incomodas escaleras sin los tres descansos que exigen las normas, o por rampas eternas, pues pocos son en los que, contando con un desnivel del terreno, solo hay que subir o bajar por un solo lado. La mayoría de los caleños prefiere correr debajo de ellos, acostumbrados a hacerlo al cruzar las calles por cualquier parte. Los puentes no dan seguridad a los peatones ni fluidez a la circulación pero son imágenes de “progreso” y “modernidad” pese a que en ninguna ciudad decente los hay, al menos en su centro.

En San Antonio, San Fernando o Juananbu ¿en donde no? los vecinos hacen lo que les da la gana: desconocen las reglamentaciones y no tienen que responder por su violación. Las mismas autoridades, elegidas por todos pero pagadas solo por los contribuyentes (lo que es parte del problema) disponen de la ciudad a su antojo. Como del Parque de los Estudiantes, reemplazado de un día para otro por ese feo intercambiador víal que no era necesario pues los sencillos y discretos semáforos que allí había eran suficientes. O de las bodegas del ferrocarril o el Palacio Nacional, nuevamente deteriorados y abandonados. O del Parque de Versalles cerrado tres meses para adecuarlo para la feria y que quedo peor pese a las promesas que se hicieron. O de El Obelisco donde quitaron las empanadas, que llevaban medio siglo allí, pero dejaron los carros. Y así.


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