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La maravilla de la arquitectura. 21.02.2002


Lo primero que se recuerda al llegar a la Biblioteca Virgilio Barco es por supuesto la Calle de los Muertos en Teotihuacan. Pero también los pequeños valles de la Sabana de Bogotá, cuya intimidad y recogimiento dan paso a otros eventos. Aquí, ese bello patio de acceso enterrado (al que no abren puertas ni ventanas ni arcadas: solo dos vanos contiguos arrullados por el agua y enfrentados a un tercero que da paso a una sonora cascada) crea una bienvenida pausa al espíritu al entrar o salir del edificio. Sus volúmenes desaparecen momentáneamente y de la ciudad apenas queda su fondo casi negro de cerros y encima el cielo azul. Pero no es solo la buena idea de poner la biblioteca en medio de un parque; el gran acierto del proyecto de Rogelio Salmona es entrelazarla con sus alrededores, cuyas construcciones complementarias, plazuelas y senderos se curvan, bajan, suben y esconden prometiendo sorpresas como de laberinto de enamorados.
          Los espacios al aire libre y los recintos cerrados se complementan. El estudio y la recreación; los encuentros y la soledad; el movimiento y el reposo; el ruido y el silencio; lo vecino y lo aparte. Los que leen se ven tentados a ir al parque y los que caminan sus senderos o trepan las variadas cubiertas del edificio, llenas de visuales inesperadas, terminan entrando a la biblioteca. Cuando se resuelvan elementales controles, y tengan sillas, sus usuarios podrán salir a las estupendas terrazas que prolongan las salas al exterior y llevan el parque al interior. La asombrosa luminosidad y calidez del interior, sus espacios continuos pero variados y alegres, y sus vistas al paisaje, logran que su uso sea muy placentero; y fácil por su sencillo esquema funcional. La parte de los niños, sin niñerías para niños, es maravillosa. Lo sólido y lo vacío, lo rugoso y lo lizo, el murmullo y el sigilo y la luz y las sombras se suceden estimulando sentidos, memorias y conciencias. El agua corre y suena por todos lados. Con el tiempo los canales, acequias, atarjeas y estanques se oscurecerán y reflejaran más las variadas, complejas y sugestivas formas del edificio. Sus siluetas, curvas e inclinadas, como de pueblo en la distancia, aparecen y desaparecen sutilmente, haciéndolo monumental al tiempo que domestico, variado y uniforme, serio y juguetón. La construcción asimilará bien las ineludibles modificaciones futuras y sus materiales pocos, sencillos, nobles y ya probados, se conservarán bien y su propia belleza evitará bastante los daños del vandalismo y el descuido.
          Aunque el ingreso principal y los baños sean estrechos y la cubierta del puente interfiera con la vista a los cerros y se eche de menos que concluya en algo, o no, la larga simetría de la entrada, y que tal vez la torre del ascensor hubiera podido ser mas alta; lo que importa, y mucho, es que es una arquitectura pensada y repensada por años para crear ambientes para la emoción de la gente y la poesía de la ciudad. Es, de hecho, una respuesta a la guerra.
          Este admirable edificio es, también aquí, la maravilla de esa arquitectura que florece hace unas décadas por todas partes preocupada, la mejor de ella, por los diferentes paisajes, climas, tradiciones, gentes, tecnologías y necesidades. Nunca, desde el Imperio Romano, se hicieron  tantos edificios públicos a los que se les haya dedicado tanto dinero, esfuerzo, entusiasmo o talento. Es el redescubrimiento de que la arquitectura es la madre de las artes, y la ciudad la mayor de todas como dijo Lewis Mumford. La arquitectura (más que otras artes) sí transforma la vida. Lo confirman los nuevos museos, bibliotecas y centros culturales y de convenciones, las nuevas universidades y colegios, los nuevos aeropuertos, estaciones y terminales de buses, las nuevas plazas, parques, avenidas y calles; todos, con mayor o menor fortuna, conformando ciudades y enalteciendo la vida en ellas, como se puede ver ahora en Bogotá, gracias a alcaldes soñadores y a un arquitecto inspirado, intenso y profundamente ético como Salmona.


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