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¿También botó su voto? 14.03.2002


Había montones de "propuestas" de los aspirantes al Congreso de la República. La mayoría imbéciles pero algunas de buena voluntad o hasta interesantes (patéticas las colgadas grotescamente de los postes de las calles de Cali)  pero ninguna concretamente sobre las ciudades. Los políticos colombianos parecen ignorar que en ellas ya vive casi el ochenta por ciento de los ciudadanos del país, precisamente, y por lo tanto casi la totalidad de sus eventuales electores. Igual que a la supuesta subversión, no les interesa lo urbano ni la calidad de la vida urbana ni son sensibles a su estética, ni siquiera al atardecer que es cuando todas las ciudades (incluyendo Cali) son bellas, como dijo tan pertinentemente el poeta ruso americano Joseph  Brodsky. Que diferencia con Pericles que lideró el homenaje que los ciudadanos de Atenas levantaron  en lo alto de su polis como símbolo de su poder creciente y su casi perfecta democracia -cada uno se representaba a sí mismo- después de vencer al absolutismo persa.
          Solo parece interesarles, a la mayoría al menos, la tajada que puedan sacar de unas obras públicas que las más de las veces acaban con lo que de ciudades tenían nuestras ciudades. Por eso les debe parecer ridículo preocuparse por sus espacios públicos y poco les importa que las cretinadas que proponen en sus propagandas, que parecen dirigidas a un electorado que deben pensar estúpido, no lleven a nada diferente a la fijación de una imagen para que sus clientelas puedan chulear el voto, comprometido previamente a cambio de cualquier cosa o ilusionado en las falsas promesas que se reiteran desvergonzadamente en cada nueva elección.
          Es un electorado que no se piensa como ciudadano, ni en su sentido político ni en el urbano. Democracia y ciudad tienen un origen común en la Grecia clásica. En la Edad Media se decía que el aire de las ciudades liberaba. El Renacimiento lo es de las ciudades. La revolución Francesa fue un levantamiento urbano. Imposible pensar las democracias modernas sin las ciudades. La gran reforma urgente que precisa este país es la de sus ciudades y ya no tanto la agraria. La educación que demanda es la enderezada a formar ciudadanos y no solo (malos) académicos. Y la política urbana que requiere es la verdadera democracia participativa -pero culta, en el sentido no solo del conocimiento sino de la tradición- a nivel  de barrios y sectores de las ciudades; la nacional tiene que ser representativa.
          Al no existir políticos interesados en las ciudades, el control de los ciudadanos sobre ellas es difícil. Los elegidos nada hacen por la seguridad, limpieza, orden,  silencio y  estética de las calles de sus electores. Las reglamentaciones cambian permanentemente, sin que los directamente afectados sean consultados ni advertidos, para la conveniencia de algún propietario vivo que quiere exprimir su lote sin que le importen los demás. Nadie está seguro de que su barrio permanezca como tal o solo cambie con el consentimiento de sus vecinos. Las calles de todos se usan para los carros de unos pocos. El derecho fundamental de caminar es violado permanentemente. Se cobran valorizaciones a todos por obras que la gran mayoría no usa ni  necesita, y que se diseñan mal y se construyen peor, y que casi siempre se dejan tiradas pues su propósito es solo el repartir contratos y serruchos para las clientelas de esos concejales, diputados, representantes y senadores que se eligen con esos votos comprados, comprometidos o simplemente ignorantes como los del domingo pasado.
          Pero por supuesto los peores votos son los de los que ni siquiera votan: son irresponsables y peor de egoístas. Sólo cuando el voto de opinión llegue también a la elección de concejos, asambleas y congreso, además de presidente, habrá alguna posibilidad de que nuestra deficientísima democracia mejore; y con ella, nuestras ciudades y la vida en ellas.

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