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Año Nuevo. 30.12.2009

          Como dice Christopher Hitchens, el dogmatismo y la intolerancia a que han llegado en general las religiones ha implicado muchos y graves inconvenientes para el progreso civilizado de la humanidad (Dios no es bueno, 2008). Desde la represión inhumana de la sexualidad hasta el terrorismo mas cruel, pasando por las persecuciones y guerras religiosas, si es que no todas lo son en parte. Pero también es un hecho, igualmente comprobable, e inquietante, que las religiones han sido hasta hace poco las grandes promotoras de las artes.
          Desde la literatura, la música y el teatro, hasta la pintura y la escultura, pero sobre todo de la gran arquitectura, cuya historia se confunde con la de templos, tumbas y palacios, monumentos de la humanidad que el fundamentalismo religioso se dedica ahora a destruir. Creer en la religión mas que en la ciencia es equivocado y nos ha llevado al excesivo crecimiento poblacional de los últimos dos siglos, el que a su vez ha causado la acelerada degradación de la naturaleza y el cambio climático, comprometiendo nuestra forma de vida en el futuro.
          Hoy, mejor informados y comunicados y mas de la mitad en las ciudades, deberíamos procurar un hábitat sostenible basado en combustibles no fósiles y comunicación por Internet,  como propone Jeremy Rifkin (Hacia la tercera Revolución Industrial, 2009). Y superar el totalitarismo a que llevó la vulgarización del comunismo con su secuela de represión, crímenes y terror (Varios, El libro negro del comunismo, 1997), identificándose con el fundamentalismo religioso, como lo muestra Hitchens, y que no produjo un arte que valiera la pena.
Pero igualmente hay que defenderse de “la mano invisible del mercado” de Milton Friedman y  la Escuela de Chicago, que denuncia Naomi Klein (La doctrina del shock, 2007),  que campearon por todo el Tercer Mundo, principiando por el sur de Sur América. Y en consecuencia hay que rechazar la privatización total de la vida, que propone Friedrich von Hayek (S. Guy, Los grandes pensadores de nuestro tiempo, 1991), pues lleva a ese capitalismo salvaje que confunde a propósito el espectáculo demagógico con el arte y la moda con la creatividad.
          En conclusión, es el conocimiento científico lo único que nos puede salvar, como lo advirtió Carl Sagan (El mundo y sus demonios, 1995), concientes de que aunque cada vez se sepa mas, siempre es mayor lo que permanece oculto. Pero es que nuestra vida está aquí y ahora.  “El presente del pasado es la memoria, el presente del presente es la percepción directa y el presente del futuro es la expectativa” decía Agustín de Hipona. Del pasado solo queda su historia y consecuencias, y es a partir de ellas que deberíamos prever nuestro futuro.
          Futuro que está en las ciudades (L. Mumford, La cultura de la ciudades, 1938), pues como se sabe desde que existen, su aire libera. En ellas vivimos la única vida que tenemos, que, como decía Chaplin, no tiene sentido si no que hay que dárselo. Enaltecerla con la filosofía, las ciencias, las artes, los deportes, los espectáculos y los viajes, pero también con el amor y los placeres del cuerpo. Democráticamente, superando el caudillismo, el populismo, la corrupción, la intolerancia, el  “pan y circo” y la moda que nos abruman hoy.

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