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El legado andalusí. 03.08.2017


Rodrigo de Bastidas, quien fundo a Santa Marta en 1525, la primera ciudad en lo que sería la Nueva Granada, era sevillano, y Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, 1538, era de Córdoba. Igualmente eran andaluces los que con la religión, la lengua y la arquitectura, como ha señalado Fernando Chueca-Goitia, conquistaron el sur occidente del país: Sebastián de Balcázar, fundador de Cali, 1536, y Popayán, 1537, nació cerca a Córdoba, y Jorge Robledo, el de Cartago en 1540, era de Úbeda, y desde luego muchos de sus soldados también lo eran, como indican diversos apellidos actuales.
            En el valle del río Cauca dejaron muchas casas de hacienda y no pocas urbanas, de Santander de Quilichao a Cartago, pasando por Caloto y Buga, de íntimos patios, largos corredores y empinadas techumbres ocres sobre blancos muros, igual que en bellas iglesias. Y el disfrute del agua en acequias, atarjeas y estanques en los que se reflejan fachadas y arreboles al atardecer, y el ladrillo en suelos y ornamentaciones, como en la Torre Mudéjar de Cali,  que resurgen en la obra de Rogelio Salmona, luego de admirarlos en Andalucía y el Magreb después de trabajar para Le Corbusier.
          Y el manjar blanco, cuyos variados nombres en Iberoamérica pretenden ignorar su origen árabe, y la boruga (leche, limón y panela raspada…y un poco de brandy). Pero, paradójicamente, la tortilla, el gazpacho y el salmorejo, fueron hechos en Andalucía después del “descubrimiento” de las papas y tomates americanos, y no son comunes aquí. Esa “sopa” está fría dicen, como si no pudieran alternar con el delicioso y caliente sancocho de gallina, ojala correteada, inventado por esclavas de bella piel aceituna echando en una olla lo que estaba a mano, y acompañado con agua pues el vino apenas llegó hace poco.
          También trajeron guitarras y hasta hace unos años el cante jondo, el flamenco y las castañuelas se oían por acá, y aún “Lagrimas negras” de Diego el Cigala llena salas. Y algo llegaría de Málaga con Picasso, que pese a que ya era admirado en todo el mundo, fuera tan admirado aquí. Y Manuel de falla, nacido en Cádiz, ciudad hermana mayor de Cartagena de Indias, y, como no, el granadino Federico García Lorca, y el sevillano Gustavo Adolfo Bécquer, son también nuestros, y muchas palabras de origen árabe o árabes mismas, como mas de sesenta de arquitectura.
          También los bellos y blancos (no todos lo son) caballos andaluces, descendientes de Kuhayla (fuerza), Saqlaui (belleza), Muniqui (rapidez), Hamdani y Habdan, las yeguas árabes preferidas de Mahoma; y el numero cinco, que entre los extremos y el medio permite un acuerdo. Y los toros, que salvaría el rejoneo, ya que se podría prescindir de picas y banderillas y hasta de la muerte del toro, y no en el toreo a pie,  cuya alabanza publica tarde o temprano se debe prohibir por mas arte que en realidad es, e incluso el toreo mismo, siguiendo a los andaluces que, dijo Ortega y Gasset, disminuyen el debe en lugar de aumentar el haber.
          Recordar a Juan Ramón Jiménez, que nació en Moguer, a la vera de Huelva, y recorrió América añorando el paisaje de Platero, aquel burro famoso, como recuerda el arquitecto José Ramón Moreno. Y volver a Sevilla “torre de arqueros finos”, Córdoba, con AVE ya no “lejana y sola”, Málaga, donde las estrellas no tienen novio”, Cádiz aunque nada diga García Lorca, y Granada y su entrañable Alhambra, “la más misteriosa y encantadora del mundo musulmán”. Y releer a Washington Irvin y el Manuscrito carmesí de Antonio Gala. A Manuel Machado: Cádiz, salada claridad; Granada, agua oculta que llora, romana y mora; Córdoba callada; Málaga cantaora; Almería dorada y plateado Jaén; Huelva, la orilla de las Tres Carabelas. Y Andaluces de Jaén de Miguel Hernández.

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