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La percepción de la ciudad. 19.02.2020


Escriben Facundo Manes y Mateo Niro que “no siempre prestamos atención a lo que es obvio, aunque eso esté frente a nuestros ojos”. (Usar el cerebro, 2014, p. 73). El caso es que tenemos los edificios frente a los ojos casi todo el tiempo que estamos despiertos y no les prestamos la atención que se merecen incluyendo lamentablemente a muchos arquitectos que no le otorgan “un significado a las imágenes [ni extraen] datos sobre el movimiento, sobre tonos del color, el brillo, sobre la existencia de ángulos bruscos o redondeados, etc. [esa] información del dónde (que permite ubicar objetos en el espacio) y otros sobre el qué (que aportan datos sobre la forma y características de los objetos para poder identificarlos)”. (p. 76 y 77).

“Como sucede en otros terrenos de la creación humana, hace falta ser un genio de verdad para concebir una gran teoría, pero todos podemos entenderla y gozar de ella con nuestras inteligencias normales. Incluso puede llegar a parecernos sencilla esa idea genial”, dice por su parte Juan Luis Arsuaga (Vida, la gran historia, 2019, p. 82). “El cerebro […] procesa sobre todo información visual y auditiva”, (p. 289) concluye Arsuaga. Y si no vemos los edificios que conforman las ciudades mal podríamos gozar de las mismas, lo que por supuesto no es de extrañar en gentes recién venidas a ellas del campo, con el agravante de que pronto se olvidan de la naturaleza que conformaba su muy bello paisaje anterior.

El problema es que “usted mira pero no observa”, repiten Manes y Niro (p. 73) y el caso es que: “Ni los arquitectos diseñan por instinto, sino conscientemente”, concluye Arsuaga (p. 323) y por eso “cuanto más radicales sean las diferencias entre culturas o entre personas de la misma cultura, más importancia le debemos dar en la explicación al ambiente y a la educación, y menos a los genes” (p. 405). Precisamente una educación que permita entender el ambiente, en este caso el urbano, sin perder su estrecha relación con el paisaje natural circundante. Pero tal parece que se aprecia mucho más cuando se trata de mares, lagos o ríos, y no de altas montañas como es el caso de las ciudades andinas.

“De lo que se trata aquí es de que parece posible ver sin que nos percatemos de que oímos” (Arsuaga, p. 451) pese a que “la aparición de la mente simbólica, cuya antigüedad se data a partir de los primeros objetos de adorno, todos con cien mil años como mucho” (p. 475), “pero si queremos ir más allá, para llegar aún más lejos, tendremos que recurrir a las humanidades. ¿A qué podríamos acudir si no los seres humanos?” (p. 541). “El mejor modo de predecir el futuro es inventarlo”, termina Arsuaga su libro. Es lo que siempre han hecho los grandes arquitectos: inventar cada nueva arquitectura a partir de reconocer el ambiente y conocer la arquitectura y su propia historia y no apenas su relación con la del arte en general.

Es a lo que se refiere José Ramón Burgos Mosquera en su novela La diputada francesa, 2019, sobre el trabajo de Antoni Gaudí I Cornet en la Sagrada Familia de Barcelona, “esa creación gaudiana que parecía esculpida más para la contemplación que para la devoción [con] amplias naves guardadas por gigantescas columnas arboladas que [parecen] retorcerse sobre sí mismas para dar albergue a incontables réplicas en piedra de personajes bíblicos sembrados estratégicamente en las tres capillas interiores [por donde] desfilaban curiosos y atormentados los hombres”. O su breve descripción de una “solariega vivienda protegida por erguidos cocoteros y levantada sobre troncos de mangle y nato en la inspección de Chancón”.

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