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Orden y libertad. 16.03.2017


Apenas comenzado el siglo XX ya el historiador del arte Aloïs Riegl (Linz 1858-1905 Viena) señalaba cómo: “El perfecto acabado de lo nuevo, recién creado, que se manifiesta en el criterio mas sencillo –forma intacta y policromía pura-, puede ser calibrado por cualquiera, aun cuando carezca de toda cultura. De aquí el que desde siempre, el valor de novedad haya sido el valor artístico de las grandes  masas, de los que poseen poca o ninguna cultura, frente a lo cual, el valor artístico relativo, por lo menos desde la Edad Moderna, sólo ha podido ser apreciado por los que tienen formación y cultura estética.” (El culto moderno a los monumentos, 1903, p. 80).
Es el caso, medio siglo después del desorden urbano causado en las ciudades colombianas al demoler su patrimonio construido tradicional y con las muchas nuevas construcciones que no consideran lo existente en la misma calle, en las que se emplazan sin respetar nada, lo que es en buena parte causante del desorden en la ciudad en todos sus aspectos. Lo que  lleva a la falta de respeto por los otros, como lo es el ruido ajeno, pero igual al libertinaje, la inseguridad, la corrupción y, finalmente, a la misma violencia urbana, principiando por los mal llamados accidentes en los que los peatones llevan la peor parte, además de los atracos y robos.
Una calle sin orden en su trazado se vuelve laberíntica, y peatones y carros se mueven como puedan. Y cuando las viviendas que la conforman son muy diferentes, y peor combinando casas y edificios de apartamentos, su imagen es caótica y sus vecinos ya dejan de serlo. Algo similar sucede en los barrios y las comunas, donde el desorden dificulta la movilidad de sus habitantes, como lo mismo la clara imagen que se tiene de dichos componentes urbanos y de la ciudad misma. El hecho es que el caos visual impide que el artefacto urbano agrupe e iguale la libertad de los ciudadanos que lo habitan, pues al contrario de lo que reza el escudo del país, el orden lleva a la libertad y no al revés.
Orden, del latín ordo, -ĭnis, es en este caso el orden urbano. El emplazamiento de las construcciones en el lugar que les corresponde, ya sea una sucesión de viviendas, como en cualquier calle, o un elemento único como sucede en las plazas tradicionales con sus iglesias, buscando una buena disposición entre ellas y con el monumento al observar una regla o modo para hacerlo. Era la manera tradicional en Iberoamérica de hacer ciudades, que, como la lengua, eran parte de la cultura de todos sus habitantes. Pero con los avances técnicos del siglo XX, y la rapidísima sobrepoblación y crecimiento de las ciudades, se abandonó en muchas partes del todo, quedando la aversión actual a lo ordenado, lo limpio, lo recto, lo blanco, lo parecido.
La pregunta pertinente es, pues, como lograr de nuevo nuestro orden de tradición colonial bajo estas nuevas circunstancias, y la respuesta es preocupantemente elemental; con orden. Y este ya llegó obligado por la necesidad de hacer edificios y ciudades sostenibles de verdad. Como ya se están haciendo en otras partes mediante el reciclaje de lo construido ya existente y del agua usada, y que funcionen con energía solar, y no imitando tardíamente la arquitectura espectáculo incluso cuando ya esta pasada de moda; como mejorando el transporte público, ampliando los andenes, favoreciendo el uso de las bicicletas y disminuyendo al máximo los carros y que estos sean eléctricos.

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