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Otra amenaza. 19.04.2018


          La destrucción de la ciudad” es el titulo de un libro reciente (2017) del sociólogo Juanma Agulles, cuyo subtítulo, “El mundo urbano en la culminación de los tiempos modernos” deja entrever alguna esperanza, como seria la conformación en las grandes ciudades de varias centralidades. Estas “ciudades dentro de la ciudad” fue una política urbana en Colombia en la década de 1970, una muy buena idea como se ha reiterado varias veces en esta columna, y que aun se podría implantar, en Cali por ejemplo, si se dejara bien claro por qué ni siquiera se intentó llevarla a cabo hace medio siglo: ¿qué y quiénes se oponían? y por qué se ha olvidado pese a que se sigue proponiendo en diversos estudios.
          “¿Por qué nos empeñamos en seguir dando el mismo nombre a conglomerados  urbanos que después de siglos de transformaciones solo guardan un parecido remoto con lo que fueron sus primeros asentamientos?” es lo que entonces pregunta Agulles (p. 16). Entre tanto la urbanización del mundo amenaza ciudades y sociedades, genera guerras y la degradación del ser humano y pone en peligro su existencia misma al provocar el cambio climático; y Agulles pertinentemente pregunta de nuevo “sí seremos capaces de dejar de ser urbanitas y detener así este ciclo de la destrucción sin necesidad de abandonar para ello la idea de la ciudad.” (p. 29). Idea que no tiene la mayoría de los que habitan en ellas.
            El hecho evidente es que, como señala Agulles: “La vida social se subvierte en este universo artificial donde las maquinas tienden a humanizarse mientras los seres humanos adoptan comportamientos maquinales” (p. 93). De otro lado, la construcción de vías y los ensanches se convirtieron en una industria exitosa junto con la demolición del patrimonio construido, necesaria para abrir paso a futuras inversiones, generando nuevos espacios que ya no tienen que ver con la ciudad histórica ni con el urbanismo moderno (pp. 44 y 49); sólo su remedo, habría que agregar, con su imagen tramposa de desarrollo, progreso y modernidad: puentes sin orejas, autopistas que no lo son y urbanizaciones que no barrios.
            Es la comercialización de la ciudad de la que ya habló Marx (José Manuel Bermudo, Marx / del ágora al mercado, 2015) y por eso es necesario describir la miseria que genera el proceso de urbanización, al mismo tiempo que se asume la defensa de las ciudades, en cuanto ámbitos de relaciones sociales, que son producto del habitar a lo largo de  la historia. “ Por eso, limitar la urbanización es una forma de lucha política de primer orden, porque en ella se juegan  las condiciones no ya de cierto grado de libertad, sino de su posibilidad misma” concluye Agulles (pp. 54 y 55). Al fin y al cabo son el escenario de la cultura como escribió Lewis Mumford, y se ha repetido aquí tantas veces.
            “El cambio antropológico que la totalización del proceso urbano conlleva aún no ha finalizado y puede que no seamos conscientes de él hasta que sea demasiado tarde” apunta Agulles (p. 37); a lo que habría que agregar la corrupción que acompaña a muchas de las obras públicas en Colombia. Pero si se trata de limitar la urbanización industrial y de mantener un equilibrio con el mundo rural, en una verdadera reforma urbana, es necesario, sí no privatizarlo, como propone Agulles, al menos poner por delante el interés de todos sobre la propiedad del suelo urbano y urbanizable (p. 51); y por supuesto hay leyes que lo permiten como la del impuesto a la plusvalía, sólo que no se aplican.

 


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