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Una propuesta. 23.06.2011

La construcción del paso subterráneo por debajo de la Avenida Colombia se topó con los aproches del Puente Ortiz original, como era de prever pero que no se consideró por parte de sus diseñadores y constructores, y menos mal no fue un quinto arco, como también con los del llamado antes Puente de la Cervecería, en la carrera octava. Son mas de diez mil ladrillos que hay que retirar, haciendo antes su estudio y levantamiento respectivos. El problema ahora es que hacer con ellos después. El arquitecto restaurador Ricardo Hincapié, profesor de la Universidad del Valle, muy acertadamente ha propuesto utilizarlos en el sitio mismo para complementar y reparar la parte del puente original, construido por Fray Ignacio Ortiz en 1845, que fue cubierta por la última intervención para ampliarlo, realizada un siglo después, en 1945, y que le dio su imagen actual. Dicha sección, con una  longitud aproximadamente del doble de la del puente hoy visible, quedó enterrada bajó el Paseo Bolívar, construido posteriormente.
            En esta área, antiguamente la orilla de piedras de la ribera norte del Río Cali en su paso por la ciudad, se continuaba el puente original con una estructura de arcos mas pequeños y mas distanciados que los que hoy salvan el cauce del río. Para restaurarla, una vez desenterrada, son esenciales los ladrillos encontrados. Con ellos se pueden reintegrar los eventuales faltantes de los arcos y restituir barandales y elementos de remate del puente original. Así tendríamos simultáneamente las dos fases constructivas más importantes del Puente Ortiz, lo que sin duda confirmará y acentuará su  valor que como hito urbano, realizando un aporte definitivo a la memoria de la ciudad. Si no es posible hacerlo ahora por falta de presupuesto, al menos hay que conservarlos adecuadamente para usarlos después. Por eso es tan equivocado ver los aproches encontrados como algo simplemente viejo que es preciso demoler para tirarlos a una escombrera o si acaso dejar algunos en algún museo. Botarlos sería otra barbaridad de los que con el prurito de que construir es progreso, destruyen torpemente el pasado de Cali y con él su mejor futuro.
            No logran entender que sin pasado no hay futuro pues es en la memoria urbana en donde reside la identidad de los ciudadanos con su ciudad. Son sus construcciones y espacios públicos, como lo son las diferentes fases del Puente Ortiz, incluyendo el Paseo Bolívar, la Ermita y el espacio que ocupó el Hotel Alférez Real, los que nos recuerdan no apenas lo que queda en el presente de la Cali de antes, sino los hechos pasados mismos que en ellos acaecieron, en la medida en que fueron su escenario, como lo continúan siendo de los presentes. La memoria urbana se nutre del recuerdo cotidiano y permanente de un pasado que insiste en estar presente, por parte de unos ciudadanos que lo son porque comparten un recuerdo común. Así como una agrupación de individuos produce una “cultura”,  una acertada solución urbana y arquitectónica en el Puente Ortiz puede contribuir a la amalgama de un grupo social compuesto por gentes provenientes de diversas culturas, resultando de ello una nueva obra de arte colectivo, pues el Puente Ortiz lo es ya. De ahí la pertinencia de la propuesta del arquitecto Hincapié.

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