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Silencio en casa. 16.03.2022

 Desde luego no se trata de que no haya ningún sonido en casa, como si ese estuviera encerrado en una oscura tumba, sino de que se los pueda escuchar y disfrutar con gusto. Pero, siguiendo el Diccionario de la Lengua Española [DEL], una cosa es percibir a través del aire su sensación con el oído y otra distinta escucharlos al prestar atención a lo que se oye, y así poder identificar su origen, natural o artificial, a propósito o espontáneo, y luego entender su significado, cuando lo tiene, rápido proceso que puede producir placer o todo lo contrario y molestar, a veces mucho, y esto tiene que ver en primer lugar con su volumen en cada caso, momento y espacio.

Los murmullos son sonidos continuos y confusos, que si son altos ya pasan a ser meros ruidos y pueden ser molestos; no así la lluvia que cae, el viento que pasa y las hojas que vuelan son suaves murmullos, pero igual, aunque más fuerte, el de los chorros de una fuente, el agua que corre por una quebrada cercana o el de un río de alta pendiente que cuando crece mucho ya es casi un estruendo; y también son murmullos los que producen muchos animales en los patios de las casas o afuera en sus jardines o en los parques cercanos, que por momentos ya son agradables sonidos como el de las tortugas cuando nadan en la superficie de un estanque en busca de su comida.

Los sonidos, en esta secuencia y según el DLE, son más altos que los murmullos, pero menos que los ruidos o que los estruendos, y sobre todo suelen ser melódicos: dulces y suaves, por lo que agradan al oído, como el cantar de los pájaros, el maullar de los gatos, el latido de los perros contemplados; las conversaciones pero no los gritos, y la música por supuesto, pero que cuando es de los vecinos y muy alta ya es un muy desagradable ruido ajeno, casi un estruendo cuando se trata de una fiesta escandalosa y de mal gusto. De ahí el sentido cívico del urbanita de entender a fondo la secuencia del paso del sonido al ruido y comprender que no es la misma para todos los gustos.

Los ruidos son por lo general sonidos desagradables, principalmente por su volumen (aunque el muy suave, pero intermitente ruido de una gotera puede llegar a enloquecer) y también son insoportables por el momento en que se producen, sobre todo por la noche. En casa, la mayoría de los aparatos domésticos, que parecen haber sido diseñados por profesionales sordos y miopes, hacen diversos y molestos ruidos, y están las cosas que se caen de pronto; y en la ciudad nunca faltan los ruidosos carros a los que se suman los pitos abrumadores y feos de los conductores impacientes y sus sonoros insultos recordándoles la madre a otros que tampoco la tienen.

Los estruendos son grandes ruidos que asustan, naturales como un rayo muy cercano, pues si es lejano es el eco de un bello sonido, o artificiales como un derrumbe al lado, un avión que pasa muy bajo, o peor un helicóptero, una ambulancia que pasa, la sirena de una patrulla, un transformador que explota en la esquina, una explosión cualquiera, en fin, una puerta que se azota. Estruendos que por momentos hacen olvidar que la arquitectura es poesía construida, la que se escucha incluso cuando solo se la lee, lo que es lo más frecuente, pues trasciende estéticamente el oficio del arquitecto y le habla a los que han aprendido a mirarla para poder verla, oírla y sentirla.

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