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Comparaciones. 10.08.2006


Las ciudades no son mas diferentes entre ellas que las personas que las habitan o los idiomas que en ellas se hablan. Las europeas y americanas comparten las mismas tradiciones, como comparten el latín los idiomas romances que heredaron la mayoría de sus ciudadanos. Y todas las presentan la misma estructura urbana: lineal, ortogonal, concéntrica, modular o distintas combinaciones (Sibyl Moholy-Nagy: Urbanismo y Sociedad, 1968), igual que todas las lenguas tienen una misma y única estructura, como nos dicen los lingüistas. En casi todas partes afirmamos moviendo la cabeza verticalmente y negamos haciéndolo horizontalmente. Al fin y al cabo somos la misma especie en el mismo planeta. Por eso podemos vivir en cualquier ciudad, hablar cualquier idioma, disfrutar cualquier música y comer de todo, pese a todas las contrariedades y nostalgias que suelen tener los inmigrantes, y a todas las dificultades de los que tratan de aprender idiomas ya adultos o a comer de todo ya viejos y resabiados.
            Pero, al contrario de los gemelos, no hay dos ciudades exactamente iguales, aunque si muchas parecidas, sobre todo pueblos pequeños y vecinos, como lo suelen ser los mellizos, hermanos, familias o comunidades. No se repiten idénticas como no se repiten las huellas dactilares, las hablas y acentos, las composiciones musicales o las recetas culinarias. En la variedad esta el placer, decimos. Pero es en la diferencia dentro de la unidad y no en la desemejanza ni lo distinto. Y de todas maneras son las leyes físicas las que determinan las posibilidades de construcción de los espacios urbanos en el pla­neta. Y las características biológicas del hombre, que regulan el uso y la apreciación de esos espacios, ha­cen pensar que, siguiendo a Noam Chomsky, posiblemente el hombre no creó las ciudades sino que sencillamente supo a hacerlas. Como los niños, que no aprenden a hablar sino que saben ha­blar, igual que los pájaros que no aprenden a volar sino que saben volar, según afirma él (citado por Guy Sorman: Los grandes pensadores de nuestro tiempo, 1991).
Por eso no es odioso ni inútil comparar las ciudades; todo lo contrario. Nos permite entender por que París es tan bella y Cali ya no. Pero mas importante aun, nos permite saber qué tendríamos que hacer para que vuelva a serlo, lo que por supuesto no es imitar en todo a París pues tienen grandes diferencias. Cali es en varios aspectos única, ¿qué otra ciudad cuenta con un amplio corredor férreo cruzándola a todo su largo? pero eso fue lo que pasaron por alto los que creyeron (que no pensaron) que aquí se podía hacer un metro de superficie sin percatarse de que la estructura vial de la ciudad no lo facilitaba. Y ya estamos viendo el problema que es forzarlo por unas calles por las que no cabe como esta diseñado, lo que en esta columna se previno (inútilmente) desde el comienzo. Tendríamos que habernos comparado también con San Francisco en lugar de tratar simplemente de copiar a Curitiba, y pensar en las ciudades andinas, que no tienen mar si no montañas, y no imitar vanamente a Miami en Granada. Antes al menos veíamos lo que de español compartimos con California y La Florida.

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