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Gente sin vergüenza. 28.02.2019


  Sin duda pertinentes las columnas de El País del 17/02/2019. Como denuncia Luis Guillermo Restrepo, lo del viaje del Alcalde de Armenia y nueve concejales a Turquía, y el de la Directora del Hospital de Jamundí y 79 de sus empleados a Punta Cana, pagados por los contribuyentes, es una vergüenza. Todo aupado por la corrupción generada por la prohibición de las drogas que deja en claro Mauricio Cabrera, y de lo que han hablado otros columnistas e insistido Antonio Caballero hace años.
  Y si lo de Hidroituango y los atentados del ELN no se pueden tratar con el mismo rasero, como dice Francisco Lloreda, sí son un impacto ambiental que contribuye al estado de emergencia que señala Pedro Medellín, hablando de la inseguridad, pero igual a su corrupción, y en el que la inversión en las regiones esta muy centralizada, recuerda Esteban Piedrahita aunque pasa por alto que ya viene corrompida, más preocupados por la empanada que por la ley, otra frase a agregar a las mencionadas por Gustavo Gómez.
  Aquí a pocos se les turba el ánimo por la conciencia de una falta cometida o una acción deshonrosa, y sin duda Cali es una ciudad sin vergüenza, lo que mucho preocupa de frente a su nueva condición de Distrito Especial. El que sería de gran ayuda para reorientarla, en tanto artefacto, si no fuera por la corrupción de muchos de los que votan, y la falta de vergüenza de los que no lo hacen sin pensar que es un deber y no apenas un derecho pues no es mero apocamiento sino grosera irresponsabilidad.
  Apocamiento que por lo contrario ya están dejando los peatones que hacen respetar su prioridad en las calles, junto con la sana vergüenza de los conductores que los dejan cruzar por las esquinas. No así los que  cruzan las calles corriendito por cualquier parte sin vergüenza alguna, como tampoco los que insisten en trepar sus carros a los andenes o los motociclistas que circulan por ellos, pasarse los semáforos en rojo, ir en contravía, acosar a los demás y pitar por todo, todo el tiempo, sin vergüenza alguna.
  Y aunque el ruido ajeno ha mermado, vergüenza es lo que no sienten los que insisten en pintar en San Antonio las fachadas con colores chillones, fachadas que en tanto parte del espacio urbano público no son sólo suyas, y que por norma deben ser de colores claros, y una vergüenza que no diga llanamente que blancas. Aunque a lo mejor no es falta de vergüenza sino simplemente una ceguera cultural que les impide ver la limpieza, belleza y dignidad de las cuadras en las que predomina el blanco.
  En conclusión, hay que acabar con los políticos y funcionarios sinvergüenzas; con la inútil prohibición de las drogas que consumen sin mayor vergüenza muchos ciudadanos en Estados Unidos; con el centralismo sin vergüenza; con los vergonzosos atentados legales o ilegales al medio ambiente antes de que el trastorno climático dañe más el país y finalmente al planeta; y educar a los atarbanes sin vergüenza de esta ciudad para que entiendan que el espacio urbano público es de y para todos.   
  Sentir vergüenza y darse cuenta de la culpa son las bases de la conciencia ética, la que cómo se debería saber es el conjunto de las  normas que rigen la conducta en cualquier ámbito de la vida, y del fundamento de sus valores. Y si no es falta de vergüenza que otra cosa puede ser la corrupción que está detrás o al frente de la gran mayoría de los problemas de este país, tanto en las organizaciones públicas como privadas, al usar sus funciones y medios en provecho (creen que no piensan) propio.

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