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Humanidades y Técnicas. 09.12.2011


Dice Walter Isaacson, biógrafo de Steve Jobs, que este se situaba entre las humanidades y las ciencias (El Tiempo, 11/11/2011), y que era un pensador muy intuitivo, y  muy visual; como Einstein, para el que la imaginación era más importante que el conocimiento. Es lo que debe hacer un arquitecto preocupado por su ética profesional y no apenas por la estética de moda entre sus clientes: cultivar su gusto y situarse con imaginación entre las humanidades y las técnicas (las que se derivan de las ciencias), para entender las tradiciones y climas propios de la ciudad-región en la que proyecta sus edificios, y para saber ver sus paisajes urbanos y naturales que determinan su entorno. Y por ende es lo que debería hacer un alcalde, que es el arquitecto de su ciudad, cuando esta no cuenta con uno, como sucede en las nuestras. Por eso es todo un despropósito cambiarlo cada cuatro años, como lo sería cambiar de director de una película en medio de su rodaje por alguien que por primera vez hace cine y que de inmediato sustituya su guión, su escenografía y sus actores principales.
            Conectar el arte con la tecnología, insiste Isaacson al recordar a Jobs, quien según él unió la poesía a los computadores, fue lo que llevó a Apple a su rápido éxito mundial. Es lo que debe buscar un buen arquitecto, pues de lo contrario es solamente un mal diletante, pero tampoco un artesano, pues estos, usando tipologías desarrolladas colectivamente con el paso del tiempo, no levantaban edificios magníficos, como antes lo hacían los verdaderos arquitectos, sino partes de ciudades, estas si magnificas, como lo son todas las ciudades tradicionales en todas partes del mundo. Es lo que deberían entender esos arquitectos mal formados que han llenado las nuestras de edificios que no consideran sus tradiciones, climas ni paisajes, ni su función, la gran mayoría de las veces sin la importancia simbólica de los castillos, palacios, y catedrales de antes, la que hoy en día solo deberían tener los edificios públicos y no todos ellos. Es lo que no ven y por lo tanto difícilmente entenderán esos alcaldes que nada saben de arquitectura ni de ciudades en tanto que artefactos habitados.
            Jobs era además ingenioso, pues la gente inteligente y educada no siempre engendra innovación, concluye Isaacson. Por eso necesitamos arquitectos profesionales que además de bien formados sean mas creativos e imaginativos para producir, no imágenes espectaculares, sino edificios construibles, seguros, funcionales, sostenibles, contextuales, confortables y bellos. Y por eso los buenos alcaldes se rodean de ellos, no para darles a dedo los proyectos mas importantes, eso lo hacían antes los príncipes, mecenas y comitentes, sino para que formen parte de los jurados de los concursos públicos que se convocan con ese propósito. Tal es el caso de Pasqual Maragall para trasformar a Barcelona, de la mano del arquitecto Oriol Bohigas, en una de las ciudades con mayor calidad de vida en el mundo, o Jaime Lerner en Curitiba, Jorge Gaitán Cortés en Bogotá y Alberto Montoya Puyana en Bucaramanga, ellos mismos arquitectos, y alcaldes de éxito. Como dijo Jane Jacobs, hay que recobrar para la arquitectura la conformación de las ciudades (Vida y muerte de las grandes ciudades, 1961).


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