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Monumentos. 16.12.2010

En Cali, una ciudad muy reciente, pese a que pronto va a cumplir 500 años, son mas los monumentos demolidos que los sobrevivientes. Principiando por su traza fundacional, cada vez menos reconocible por las demoledoras vías de doble calzada con que se cruzó su casco viejo con la disculpa de los Juegos Panamericanos de 1971, pero en realidad parte de un amplio negocio inmobiliario; y por los retrocesos para ampliaciones viales, que nunca se han conseguido así en ninguna parte, que llenaron el Centro y San Antonio de hasta tres líneas de paramento, muy cercanas unas a otras, rompiendo su continuidad que es donde radica la belleza de una calle.
            La mayoría de sus habitantes actuales, especialmente los inmigrantes y jóvenes, aun sin cultura urbana (como esos funcionarios que quieren “soterrar” la Av. Colombia), no ven la importancia de la Plaza de Caicedo (la Catedral, el Palacio Arzobispal, el Palacio Nacional y el edificio Otero), la Plaza de San Francisco (la Iglesia nueva, la de la Inmaculada, la Torre Mudéjar y la Gobernación), la Capilla de San Antonio, el Teatro Municipal y el Isaacs, el Puente Ortiz, el España, el de la Cervecería, el del Peñón y el de los Bomberos, la Ermita, el Paseo Bolívar, el CAM, el nuevo Palacio de Justicia y el conjunto de La Tertulia. En fin, el Río, Las Tres Cruces y  Cristo Rey.
            Su calidad arquitectónica es muy variable; excepcional en la Torre Mudéjar, única en América, y muy discutible como el “gótico” de la Ermita, e igual de dispar es su relación con el espacio público. Fundamental en el caso del Puente Ortiz, la Ermita y el Teatro Isaacs (y de ahí lo delicado de intervenirlo), equivocada en la Plaza de Caicedo, que ahora es como un parque de barrio, inadecuada en la Torre Mudéjar, que perdió su escala al desaparecer la calle, pero optima en  la Gobernación y el CAM, que cuentan con sendas plazas propias, únicas en la ciudad (y de ahí lo reiterativo de rodear este último de mas plazoletas).
            Durante los lentos siglos de la Colonia nuestros monumentos fueron religiosos  y la presencia  de la Corona Española solo se manifestaba en las contundentes plazas mayores, las que después de la Independencia se convirtieron en parques en los que se exalta lo “republicano” y sus héroes, principiando por Bolívar. Pero desde luego la percepción y valoración de todos estos edificios y espacios históricos se debe hacer independientemente de sus motivaciones y valores en cada una de esos momentos, pues ahora son ante todo parte de nuestro patrimonio cultural y pieza fundamental de nuestra identidad.
            El problema es que poco contribuyen a nuestra precaria memoria urbana. Además los nuevos imaginarios, como la salsa, el fútbol, y hasta la cirugía plástica, no tienen nada que ver con ellos, y por eso ahora buscan dotarlos de otros espacios monumentales que no se suman a los anteriores sino que quieren sustituirlos (incluso dinamitándolos). Y muchos creen que intrusiones en el espacio urbano, como cruces viales, estaciones del MIO o puentes peatonales, expresan una modernidad deseable, la que paradójicamente se ignoró en el Parque Panamericano, un acertado espacio moderno, y ya parte de la memoria colectiva, maltratado torpemente por el MIO en lugar de ser su complemento.

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