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Libros y viajes. 08.01.2026

         Como ya lo dijo Emily Dickinson: “Para viajar lejos no hay mejor nave que un libro” y también pueden ser muy buenos compañeros de viaje, pero mucho mejor si es uno de textos varios y cortos, como El arte de tachar, 2025, de Julio Cesar Londoño; y no largos tratados arduos de leer y que muchos de sus lectores se tienen que conformar con la historia de sus protagonistas; como, por ejemplo, La Tiranía del azar / una historia de la mecánica cuántica, 2025,  de José Edelstein y Andrés Gomberoff, o, Si Einstein lo hubiera sabido, 2025, de Alain Aspect, Premio Nobel de Física, 2022, cuyo tema es sin duda de la mayor importancia pero que, aunque supuestamente escritos para no especialistas, son muy difíciles de entender y llenos de gráficos y fórmulas.

         En El arte de tachar hay temas para todos los gustos: Chismes; Filosofía; Poéticas; Arte; Sexo; Literatura; Teología; Ciencia; y cómo no mencionar su Breve historia del culo, en el que Londoño se pregunta: “Por qué es tan importante el culo en la historia de la civilización? ¿Por qué nos obsesiona tanto esa presa del demonio? ¿Por qué su oscilación es una suerte de pulso cósmico, y sus formas rotundas presiden los anuncios, inspiran a los artistas, aguan los ojos del pastor, sacuden al Vaticano y conmueven al rudo, al banquero y al estilista? Nadie lo sabe con exactitud.” Concluye sin convencer, y cita el libro de Jean-Luc Hennig, con ese mismo título, en el cual se basó. También habla de “el apocalipsis climático” y de “la ciudad, perímetro de leyes y trampas.”


         Y los personajes y sus aconteceres igual son muchos, como el de Leonor Acevedo de Borges, su hijo y Leopoldo Lugones. Los enredos de Álvaro Mutis, Elena Poniatowska y Luis Buñuel. Los desvaríos de Fernando Vallejo. La mexicana loca/genio Elena Garro. Platón, un fascistoide según Bertrand Russell. El “experto” en suicidios Marc Caellas. Emil Ciorán, humorista y cuentero. Los escritores Hermann Melville y Nathaniel Hawthorne que “rompieron los moldes”; André Gide quien sostenía que: “El plagio se justifica cuando involucra el asesinato” y Gabo. Miguel Ángel, del que se dice que dijo que esculpir es fácil pues la figura ya está dentro de la piedra y solo hay que quitar lo que sobra. Y Vargas Vila el maldito y Edgar Allan Poe y su editor.


         En este libro no hay nada que tachar y sí mucho que aprender sobre el arte de escribir, y porqué un escritor debe leer mucho; como él dice:” las habilidades lingüísticas son cuatro: leer, escribir, hablar y escuchar. Las tres primeras son estudiadas y promovidas […] porque sobre ellas descansan las estrategias pedagógicas. De hablar no se habla. Se supone que todo el mundo sabe hacerlo. Pero algunos cultivan esta habilidad porque abrigan la esperanza de alcanzar una curul o un púlpito y llevar una vida descansada. Escuchar en cambio, el patito feo del grupo. Nadie, si exceptuamos los servicios de inteligencia, quiere escuchar a nadie”. Y concluye: “Leer la primera página es un deber del lector. Que el lector llegue a la última página es responsabilidad exclusiva del autor.”


         Londoño logra que los buenos lectores lleguen sin detenerse a la última página, al punto de que El arte de tachar no solo puede ser un recomendable compañero de viaje, sino que él mismo es todo un emocionante viaje, cuyos posibles y distintos “regresos” una vez que se ha terminado, son varios, dependiendo de las inquietudes que haya despertado en cada lector; ya sean datos por verificar, informaciones por ampliar, opiniones para controvertir, o nuevos temas por incluir a partir de algunas palabras que solo menciona, como arquitectura y ciudad. Y por supuesto recuerda libros para volver a leer, como Nexus, 2024, de Yubal Noah Harari; o para leer si es que no se han leído, como el de Antonio Caballero, Paisaje con figuras, 1997, el que Londoño cita varias veces.

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